domingo, 14 de febrero de 2016


¡Ay, ay, ay! Promesas de político en campaña las mías. Y sí: había prometido (y me lo había propuesto como disciplina, les aseguro), publicar todos los domingos y el pasado no lo hice. Es que ... estoy yendo al parque caminar para bajar unos kilitos porque aunque me cuide en otras comidas el helado... ¡ME PUE-DE! (seguro que algún seguidor me va a lo entender). Fui ese domingo pero el calor me mató, porque la temperatura no había bajado aunque eran las 8 de la noche, así que hice una vuelta y media, me senté para descansar como para tomar impulso y el único impulso que llegó me empujó al auto de regreso a casita con el oasis del aire acondicionado. Finalmente: ni el pan, ni la torta: no me ejercité ni publiqué. Mi intención era compensarlo en el transcurso de la semana, pero ya entré en el estrés pre- casorio (sí, me caso el 18 de marzo con un mártir que se arriesga a compartir su vida conmigo) y aunque va a ser algo sencillo, sin recepción, cuando no estoy planificando, estoy preocupada por la relación entre lo que planifiqué y el tiempo que queda. Y... soy virginiana. Para resumirlo: ¡Ahhhhhhhhh!.
Bueno, al final estoy haciendo más novela de mi historia que de la que venimos transitando. Es que, a esta altura, aún a los que no conozco, los considero mis amigos. Espero que les guste. ¡Bye!

Capítulo XXV

Al día siguiente, Miguel sale del ascensor, rumbo a su oficina, con rasgos innegables de agotamiento y preocupación. A Nélida le extraña su saludo apagado y lo sigue a su oficina para averiguar el motivo de tanta pesadumbre. Su jefe es muy escueto: le dice que su hermana fue internada la noche anterior a causa de un repentino problema respiratorio y él estuvo acompañándola, así que no había podido ni siquiera ducharse y llevaba la ropa del día anterior. Posiblemente pudieran darle de alta ese mismo día. Había sido sólo un susto: si guardaba reposo y controlaba sus nervios, los médicos eran optimistas. Nélida se abstuvo de preguntar dónde estaba Néstor, pero sospechaba que no había señales de él. Lo que no sospechaba era que la historia que le acababa de relatar Miguel no era exactamente fiel a la verdad: era cierto que  la hermana de Miguel estaba internada, que después del llamado de la noche anterior él había tenido que salir raudamente, y que había pasado la noche velando su sueño. Pero las causas no eran para ventilarse frente a cualquiera.
Minutos después, llega Walter, también con la preocupación surcándole el rostro. Él sí sabe la verdad, porque después de la llamada de Alicia, desde su coche, Walter le telefoneó para ponerlo al tanto de la situación: Al ser despedido con tantas evidencias en su contra, Néstor había ido directamente a su casa a hacer una escena frente a su esposa, diciéndole que estaba seguro de que Walter lo odiaba y le tenía envidia, Por eso había fraguado toda una situación para que Miguel pensara que era un tramposo. Mientras hacía una valija y le explicaba, con fingida indignación, que él no podía seguir perteneciendo a una familia que no le tenía confianza, ni lo defendía, ni lo respetaba como él se lo merecía, Alicia lloraba e imploraba infructuosamente. Sin hacer caso de los sentimientos de su mujer, Néstor había subido a su coche con rumbo desconocido, prometiéndole que regresaría en unos días para recoger el resto de sus cosas y hablar más tranquilamente. Ya desde la ventanilla, le había quedado tiempo justo para la escena de " no sabes cuánto te quiero, y cuánto me duele que nuestro amor se vea afectado por el proceder injusto de terceras personas".
Cuando Alicia llamó a su hermano, el llanto le cortaba el aliento. Lo único que Miguel entendió fue la preocupación porque su esposo no regresara nunca, sus deseos de no vivir más y las palabras claves "alcohol" y "sedantes", que lo arrancaron de su oficina con horribles pensamientos, hasta la casa de ella. Así era: al llegar, la desesperada Lidia estaba a punto de llamar a la policía porque la señora no quería abrir la puerta de su habitación. Cediendo a los ruegos de su hermano, Alicia había abierto la puerta, pero la mezcla fatal ya estaba invadiendo su cuerpo, así que, después de pedirle a Lidia que llamara una ambulancia, comenzó la angustiosa tarea de mantener a su hermana consciente. Después. el trayecto hasta el hospital, sosteniendo su mano, tratando de interpretar las palabras que salían de su boca, aún cruzadas por las lágrimas. Mientras le lavaban el estómago, el corazón de Miguel se revolvía de impotencia: ¿De qué le servía ahora la fama y los discos de oro? ¡Si con ellos hubiera podido ayudar a Alicia en sus frecuentes depresiones!
Walter está en desacuerdo con su amigo. De ninguna manera desea contratar al fraudulento autor nuevamente, pero… ¿cómo decírselo en ese momento?
_ Es lo que me pidió mi hermana, Walter. No puedo sacarla de esa clínica sin asegurárselo. Me hizo prometérselo. No comenzará ningún tratamiento de recuperación si su marido no regresa.
_ Sabes cuánto te aprecio _ responde Walter, conteniendo su ira y tratando de sonar comprensivo_ y que tu familia ha sido la mía todos estos años, así que… ¿puedo hablar como un hermano?
_ Lo eres. Habla.
_ ¿No crees que la recuperación de Alicia se basa en la desaparición de ese tipo, y no en su presencia?
_ Eso podemos opinarlo tú y yo, amigo, porque estamos sanos. Ella, no.
_Pero, ¿qué lograrás con traerlo de vuelta? ¡Otra vez a las mentiras y las infidelidades! Y de nuevo Alicia a la bebida. _Miguel está por hablar, pero Walter continúa_ Es doloroso, pero hasta que no lo admita, no podrá recuperarse. ¿O esperarás a que lo intente otra vez y no llegues a tiempo?
_ Lo sé. Pero ella no dará el primer paso si no le aseguro que volveré a contratarlo. Una vez que ella mejore, ya irá comprendiendo que ese hombre no le conviene.
_ Lo que intentas decirme es que, para curarla de su adicción a este sujeto, hay que mantenerlo cerca.
_ Suena ilógico, pero…
_ No, no, no _ Walter mantiene la suavidad de la voz, para no agravar la firmeza de sus palabras_ Es ilógico.
_ No entiendes.
_Porque no tengo hermanos. ¿Es lo que ibas a decir?
_ No, no es eso. Es que no estás en la situación.
_Te equivocas, amigo. Estoy en la situación, trato de ponerme en tu lugar, y es por eso que no comprendo cómo alimentar una relación enfermiza puede ayudar a solucionarla.
Miguel está pensativo. Unas sombras azules navegan en sus párpados cuando le pregunta a su representante:
_ Si lo hago regresar a él, te perderé a ti, ¿verdad?
En esa duda se arriesga el futuro de su relación. Miguel sabe que Walter es un hombre de carácter y de fuertes principios, así que no le gustará que su opinión sea despreciada. También sabe que llamar a su cuñado tendrá un costado humillante, aunque traten de disfrazarlo. Pero la imagen de su hermana la noche anterior, es más fuerte que todas estas especulaciones.
Es cierto, Walter es un hombre firme. Pero más que eso es un amigo, y el ver a Miguel, con quien ha pasado buenos y malos tiempos, desde que era un chiquillo que no sabía manejar su voz hasta el éxito, sumido en ese abatimiento, lo hace ver, no a la estrella, sino al hombre. A un hombre que no puede elegir entre la integridad de su orgullo y la justicia, y los sentimientos del último familiar de sangre que le queda.
_ Si fuera tu representante, me iría.
_ Y tendrías razón.
Walter detiene sus palabras con un gesto apaciguador de sus manos.
_ Pero al amigo no le importa tener la razón, sino no acompañarte en un momento difícil.
Miguel se alegra, lo abraza y le da las gracias. En su emoción, comienza a hacer promesas alborotadamente:
_No te preocupes: le pondremos límites, apenas podrá participar, se le hará firmar un contrato muy específico, para que sepa que sólo cubrirá las apariencias.
_ Y no olvidemos _agrega su  representante _ que es importante esconder cualquier apariencia de desacuerdo ante Carolina. Es nueva en esto y un ambiente de tensión sería muy perjudicial para su trabajo. Habrá que encontrar la manera de hacerle entender a él que deberá ser amable con ella, mal que le pese. Y como la única forma en que funciona Néstor es con amenazas…
_ ¿Lo convencemos de que ella ha sido más que considerada al no iniciar un juicio por plagio?
_ Exacto. Esta vez hay que abarcar todas las posibilidades y no dejarle a él la más mínima para que nos cause problemas.
Suena el intercomunicador. Es Nélida, quien le recuerda a su jefe que ya ha salido el carro a buscar a Carolina.
_ ¡Es cierto, el almuerzo para presentarla!
_Ayer saliste tan apurado, que no pude preguntarte dónde querías que hiciera las reservaciones _prosigue la secretaria.
_ ¡A estas alturas, ya no conseguiremos lugar en ningún sitio respetable!
_ Bueno, si me disculpas, me tomé una libertad_ dice ella_ Ya que es para presentarla con el equipo de trabajo, y dijiste que no querías que fuera algo muy formal porque la joven parece tímida, se me ocurrió organizar todo aquí, en la sala de reuniones.
_¡Perfecto, Nélida! Gracias.
_Buena idea la de Nélida, especialmente porque en nuestro estado de ánimo, un restorán conocido no sería lo más apropiado. Además, no tendrá que presenciar el asedio de tus admiradoras.
_ ¡ Ah! Con respecto a eso… no imaginas lo que recordé en mi noche de vigilia.
_ Yo sabía que la había visto.
_ ¿Y bien?
Mientras se dirigen a la sala de conferencias, Miguel le relata el extraño episodio, y ambos ríen. Al notarlo un poco más repuesto, su amigo le aconseja.
_ Escucha, Miguel, pero, ¿te has dado cuenta de que llevas el mismo traje de ayer?
_Es cierto _ se palpa el rostro sin rasurar _ ¡Dios! Debo de lucir fatal. No había tenido tiempo ni de pensarlo.
_ ¿Por qué no vas a tu cuarto de descanso, te duchas y te rasuras, mientras mando buscar ropa para ti?
_ No te preocupes, siempre tengo algo aquí por si acaso. Si me retraso, ten la bondad de hacer las presentaciones.
Walter se detiene en la sala de reuniones y Miguel gira en el pasillo hacia su cuarto especial.
Al ingresar, Carolina está conversando con un personaje muy singular de la firma: Juan. Juancito, como lo llamaban todos. Juancito también es argentino, así que el invitarlo había sido una buena estrategia. Y no sólo eso: era un ser realmente especial. Desde luego, su apodo no era el de ningún empresario, ni músico, ni inversionista. Él era el maquillador y vestuarista, el que había cambiado, a pedido de Walter, la imagen de Miguel de un adolescente superficial, a un cantante adulto y romántico, pero a la vez varonil.
Es la primera vez que ella siente que "entra" a la empresa y este coterráneo es tan simpático que la hace superar la sensación de mariposas en el estómago. Es que Juancito no es  un homosexual histérico: sus preferencias amorosas son conocidas en el ambiente, pero nadie bromea con ellas, porque, más allá de ciertos rasgos femeninos en su voz y algunos de sus gestos, su forma de vestir es no convencional, pero no ridícula. Más, sobre todas las cosas (y este rasgo debe de ser el que da esa tranquilidad a Carolina), es sincero. Y esa cualidad es, en ese ambiente, una perla en las profundidades. Y eso lo sabe hasta ella.
Carolina presiente que sus deseos de ayudarla son auténticos y lo escucha como en una ya presentida amistad, cuando el le dice:
_ ¿Nerviosa, no? ¡No te preocupes, mi amor! _ le dice, reteniendo sus manos_ ¡ Si lo sabré yo! ¡Si me hubieras visto, hace quince años, cuando llegué aquí! En comparación, tú estás hecha una reina. ¿Has notado cómo se te "pega" el tú de tanto escucharlo? Y yo estaba en peores condiciones que tú: cansado de los avatares de nuestra patria y de problemas familiares acarreados por mi "especial" forma de ser, junté mis ahorros y caí, casi en paracaídas, aquí, donde vivía una tía que me quería mucho, a probar suerte.
_¿ Y dónde comenzaste? ¿En algún salón de belleza importante?
_ No. Aunque no lo creas, en nuestro país, además de peluquero, yo era profesor de Historia. Así que, por eso comencé, pero, desde luego, tuve que preparar las reválidas de las materias que se dan aquí. A sí que, de mañana trabajaba en una escuela para niños, para ayudar a mi tía con los gastos, y de tarde cursaba en la facultad. Hasta que, un día, un compañero de estudios que trabajaba en un salón de belleza, me pidió que pasara por allí para recoger unos apuntes. Yo  había trabajado en varios en Argentina, y había hecho cursos de moda, pero nunca en lugar tan completo. De una manera informal pero muy acertada, mi amigo no sólo les aconsejaba cuál sería su mejor apariencia, sino que las escuchaba. Comencé a aparecerme por allí con mayor frecuencia y así me di cuenta de que Roberto, mi condiscípulo, iba convirtiéndose, gracias a su dedicación y a su conocimiento de la psicología humana (¡no sabes cuántas cirugías estéticas les evitó a las mujeres que estaban despechadas por el abandono en pos de una jovencita!), iba escalando posiciones. Fuimos haciéndonos amigos. Así fue como me comentó sus aspiraciones: el dueño estaba cansado; quería retirarse pero ninguno de sus hijos quería continuar con el negocio ("¡Esas cosas no son para hombres, papá!"), así que, con sus ahorros de años, iba a hacerle una oferta para comprarlo. El propietario se la vendió, aunque sabía que lo que Roberto podía pagar al contado era menos de lo que valía, pero en atención a su arduo trabajo, a que las clientas pedían exclusivamente su atención y a que, con el paso de los años, le había sido de más ayuda que los hijos de su sangre, se la entregó, dejando el resto a pagar en cuotas irrisorias.
_De modo que tu amigo se transformó en el dueño.
_ Así fue. La buena fama que había comenzado a hacerse se fue incrementando, con la mejor estrategia publicitaria: de boca en boca. Y así comenzaron a venir esposas de políticos, algunas actrices… y necesitó más colaboradores… y me ofreció el trabajo a mí._ Juan desvía la mirada hacia Walter, que viene hacia ellos con la mano extendida.
_ Charlas de argentinos, ¿eh? Me alegro: queremos que Carolina se sienta como en casa.
_ Sí, gracias_ responde Carolina _ Juan es muy simpático.
Con cierta afectación que le es característica en la voz, Juancito bromea:
_ ¡Ay, querida, qué desilusión! ¿Simpático, nada más? ¡Yo siempre me consideré i- rre- sis- ti- ble!
Walter y Carolina se ríen.
_ Y como ves _ agrega Walter_ no le gusta hablar. Pero ven conmigo, que quiero presentarte a otras personas _le dice a Carolina, y, mientras se vuelve a mirar a Juan, la toma suavemente del brazo _ no tan "carismáticos" como el asesor de imagen de Miguel.
_ Eso sería imposible _ dice Juancito.
_ Pero me quedÁAs debiendo el resto de la historia, ¿eh?_ le recuerda ella.
_ Prometido: en cuanto te desocupes, tendrás el desenlace de mi fabulosa aventura en este país. Mejor. Sí, en capítulos se hace más interesante.
Walter le va presentando, informalmente, a los que van llegando. Saludan también a Miguel, cuando se reincorpora a la reunión. Su cara de preocupación se ha transformado en cara de sorpresa y, cuando lleva a un rincón de la sala a Walter y le habla en forma confidencial, la de este reproduce la de aquel: como si la expresión de Miguel se moviera cual los efectos especiales de una película, para posarse en el rictus de su amigo. Pero la reunión comienza, sin que hagan ningún comentario al respecto, cuando la comida que Nélida había encargado llega.
Juancito le sugiere a Carolina que se siente a su lado, ya que él le diría en voz baja "quién era quién" en esa empresa, como detrás de bastidores.
Y así fue: "Este es un poco loco, pero escuchálo porque siempre dice la verdad", "Julio trabaja con Miguel desde hace muchos años", "El que está hablando ahora es Marcos: él me ayudó mucho cuando empecé", eran algunas de las notas a pie de página que le susurraba Juan. Al parecer todos eran buenas personas y se trabajaba bien, sin mucha discordia. Pero a Junacito se le terminaron las palabras, al menos las descriptivas, cuando abrió la puerta un personaje inesperado para todos, excepto para Nélida, Walter y Miguel. Lo único que balbuceó  Juan a Carolina, mientras esta observaba al sonriente extraño fue: 
_ ¿Qué hace este acá?


Capítulo XXVI

El extraño sonriente acaba de estrecharle la mano y le hace cien preguntas de rutina sobre el viaje, su estadía hasta el momento y la impresión que le ha causado la empresa. Carolina no entiende por qué Miguel y Walter están visiblemente molestos. Juan no alcanza a darle ninguna referencia de Néstor, porque, ante la sorpresa de todos, que saben de la discusión y el alejamiento de la empresa, aunque no de los motivos reales, él habla con fingida simpatía, como si nada hubiese pasado y se muestra fingida pero convincentemente simpático con la recién incorporada. Todos se preguntan qué habrá sucedido, qué conversación habrán tenido para limar las asperezas que, esta vez, parecían irreconciliables.
No se imaginan que, enterado de la situación de su esposa y dando por sentado que su actuación de esposo despechado le ha resultado, Néstor telefoneó a la empresa cuando estaba por comenzar la reunión y solicitó que se le permitiera asistir. Desde luego, Miguel no estaba en condiciones de negarle nada. Y él lo sabía. Por eso Miguel había llegado a la sala, después de cambiarse, preocupado, y le había transmitido sus inquietudes a Walter.
Café de por medio, Carolina escucha y sonríe a este hombre que habla y habla, sin saber específicamente cuál será la relación con él durante su estadía. Finalmente, cuando Juancito ve su cara de cansancio, se anima a rescatarla, pidiendo disculpas por interrumpir, con la excusa de que ha recordado el nombre de una familia en Argentina y quiere saber si Carolina la conoce. Entonces se acercan también Miguel y Walter, que le ofrecen una visita guiada por el resto de las oficinas.
Carolina se despide de todos y los acompaña, atendiendo sus explicaciones. Cuando han terminado el recorrido, se aprestan a comenzar su reunión de trabajo. El abogado de la firma ha preparado, como se lo indicaron días antes, un contrato. Carolina escucha atentamente la lectura del mismo. Sabe que, por mayor que sea la confianza que estas personas le inspiren, debe atender a sus propios intereses. Y para ello, es la única persona con la cuenta en la habitación. El abogado comprende de antemano la situación de la joven. Él mismo escaneará el contrato para enviarlo al profesional de confianza que ella desee en la Argentina con la finalidad de  que lo lea y le aconseje antes de que ella lo firme. Ella acepta, y le da el número de uno que la ha asesorado en asuntos familiares. Como la respuesta no se recibirá por lo menos, hasta el día siguiente, de común acuerdo deciden esperar. Carolina se recuerda a sí misma que debe de hablar esa misma noche con el abogado para pedirle que no comente nada con su familia y que mantenga todo en estricta confidencialidad hasta que ella se lo diga.
Si bien su interés es mostrarse cauta, no quiere que confundan este acto con la desconfianza, así que, aún sin el contrato firmado, se ofrece a comenzar su trabajo de inmediato. Así es como pasa el resto de la tarde entre músicos y complicados aparatos. Le fascina cómo esos técnicos pueden hacer que sus letras suenen tan diferentes con el solo roce de un botón o una palanca. Sin darse cuenta son las siete de la tarde cuando entra Walter sugiriendo que descansen hasta el día siguiente.
Juancito, aunque sus funciones no lo retengan allí, se ha quedado, como tantas otras veces, a hacer sociales. También ha hecho tiempo para despedirla: él sabe lo que es estar en un país diferente y en trabajo nuevo, y su generosidad no le permite dejarla sola. Ella le recuerda que le debe el desenlace de una historia, así que Juan, con el permiso de Miguel, la secuestra amigablemente. Miguel y Walter se retiran, recordándole a ella que el carro  estará a su disposición cuando desee regresar al hotel.
Cuando ellos están y Juan le indica dónde está su "cuchitril", como lo llama él en su argentinísimo lenguaje. Carolina recuerda al abogado, y decide no esperar hasta llegar al hotel, pues la hora será ya inconveniente. Le solicita permiso a su compatriota, pero, antes de que éste le conteste, Miguel la guía hasta su propia oficina para que hable con tranquilidad y se retira.
Mientras abrevia lo más posible su charla con el abogado, Carolina oye la voz de Néstor, en el escritorio de Nélida. Ajena a la relación que existe entre ellos, no presta atención al murmullo, pero, cuando acaba su diálogo telefónico, no puede evitar oír claramente:
_ No te preocupes. No durará mucho. ¿No observaste acaso cómo se viste? Nunca será más que eso: una simple maestra de literatura tratando de vivir la historia de Cenicienta. No tiene porte ni presencia. Durará poco en nuestro ambiente. _ dice la voz femenina.
Carolina toma su cartera, con una mezcla de desilusión y enojo, y sale. Cuando la ven, Nélida y Néstor se ven en una situación incómoda. No tenían idea de que ella se encontraba allí ni de cuánto ha escuchado, así que la saludan secamente. Quizás a Carolina no le hubieran dolido tanto esas palabras si hubiera oído luego a Néstor contestar.
_Tú dices que no me preocupe. Pero tiene unas horas aquí y ya usa el teléfono del jefe.
Carolina va directamente al cuarto de trabajo de Juan, golpea la puerta con los nudillos y entra. El estilista no puede evitar un comentario sobre su cara de desencanto y le ofrece asiento:
_ ¡Eh! ¡Pero parecés Cenicienta cuando le reconvirtieron el carruaje en calabaza!
_ Y… a lo mejor soy eso: Cenicienta viviendo una noche de ilusión _ vuelve el rostro hacia el espejo de la habitación _ y debería regresar a limpiar chimeneas… Ya me parecía demasiado ideal todo . . .
_Pero… ¿qué decís? Si le caíste bien a todo el mundo.
Ella sigue con los ojos fijos en su imagen:
_ ¿Es que no me observaste bien? Este cabello deslucido, una cara común. Y del cuerpo… bueno, ni hablar. Yo le digo "pañuelo de mago"
_ ¿Pañuelo de mago?
_Sí: nada por delante y nada por detrás.
Juancito ríe, entre la gracia y la rebelión ante tanta autocompasión.
_ ¿Por qué te menospreciás tanto?
_ ¿Es que no viste a las mujeres que trabajan aquí, Juan?
_Sí, mi querida: en su mayoría, obras de arte de los cirujanos.
_ ¿Ah, sí? ¿Y la altura? Eso no es cuestión de bisturí.
_¡Qué! ¡No me vas a decir que tenés metáforas para tu altura, también!
_ Sí: referí de metegol, inspector de zócalos…
Juan lanza una carcajada:
_ ¿Y el ingenio que estás demostrando? ¿No vale de nada eso? Contáme: ¿ a qué te dedicás allá?
_ Soy profesora en colegios secundarios.
_ ¿Qué edad tiene tus alumnos?
_  Y… están entre los trece y los dieciocho.
_ ¿Y sigue siendo como antes? ¿Más de treinta por curso?
_ Sí ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver eso?
_ A ver si entendí bien: te enfrentas a adolescentes durante años y sobrevives… ¿Y te desanima un ejército de siliconas, extensiones de cabello, dentaduras blanqueadas, estómagos lipoaspirados, rubias oxigenadas, capas de base que pasan el grosor del revoque fino y lentes de contacto? La verdad, no encuentro coherencia entre tu miedo y tu inteligencia. Esto no parece salir de vos misma. ¿Alguien te metió esas ideas en la cabeza?
_ En realidad, algunos resquemores tenía, y oí algo que los confirmó.
_ ¿Dónde? ¿De quién?
_ Cuando telefoneaba de la oficina de Miguel. Nélida y Néstor estaban diciendo, sin saber que yo alcanzaba a escucharlos…
Carolina no puede terminar su anécdota. La risa estrepitosa de Juancito, que se ha reclinado en su sillón, la interrumpe, y su cara de desánimo se transforma en gesto de sorpresa.
_Antes de que sigas contándome, dejáme servirte un café y prepárate para escuchar una historia. Luego vos vas a decidir cuánta es la importancia que se merece cualquier comentario de esos dos… reptiles. No uso la otra palabra porque en este ambiente es mala suerte.
Mientras la cafetera obedece las instrucciones de los botones, Juan prepara las tazas y le relata las cuestiones de Nélida y Néstor con tanto detalle como le es posible, con excepción del fraude que desconoce.
Carolina, como si estuviera inmersa en una telenovela, lo escucha con atención.
 Él se sienta su lado nuevamente, le toma las manos y, mirándola con la comprensión de un maestro a su discípula, le dice:
_ Se nota que sos una persona sensible, Carolina, pero tenés que aprender que esa cualidad es un arma de doble filo: esa cuerda espiritual es la que te hará ganar el afecto de la buena gente, pero… ¡cuidado! Los "malos bichos", como son estos dos y tantos otros que andan por el mundo, los envidiosos del talento ajeno, los trepadores, los incapaces de dar afecto, los egoístas, te detestarán por las mismas razones por las que los demás te aprecian: tu espontaneidad, tu gracia, tu frescura y tu inteligencia. Te preguntarás por qué; es muy sencillo: porque nunca podrán ser así y eso les corroe las entrañas. ¿Y qué pueden hacer para no podrirse por dentro con toda esa basura que llevan encima? Expulsarla. ¿Cómo? Envenenando a los demás, haciendo correr rumores, viéndote sufrir. De eso se alimentan. Y si es alguien sensible… ¡mejor! ¡Más se regodean y lubrican sus colmillos!
Carolina tiene la vista baja, fija en el café para ocultar una lágrima que se le ha ido deslizando. Juan le toma el mentón:
_ ¿Qué es esto? ¡No, no, no! ¿De dónde sale este desánimo? ¡No, querida, no! ¿Por dos estúpidos que no valen nada? ¡No valen la pena, no! ¡No les des esa satisfacción! No estás sola ni indefensa, caramba. Está Miguel y Walter, y yo…¡qué tanto! ¿Qué es lo que tienen ellos? De botella en botella y de cama en cama en cama. ¿Estarías orgullosa de esa vida?  Una segundona que espera pasar a primer lugar y un cretino que cuando no encuentra más inspiración en el fondo del vaso llora la carta de cuñado.
Carolina enjuga su lágrima y él continúa, dándole unas palmaditas en el hombro:
_ ¡Ay, Caro, Caro! ¿Cómo crees que me recibieron a mí, con mi forma "especial" de ser? Y no detrás de una puerta: frente a frente. ¡Ja! ¿Te imaginás con qué cara de asco me miró de arriba abajo el idiota ese cuando me presentaron?  Se notaba que quería sacarse un zapato y aplastarme como a una cucaracha.
_ ¿Y qué hiciste?
_Nada. Bueno, en realidad le di la sonrisa más falsa que pude. ¡Ah! Ahora me acuerdo de algo más: cuando me retiré… ¡ja, ja, ja! ¡Placer de los dioses! Sin que Miguel se diera cuenta, como vi que seguía mirándome con esa expresión de " a estos tipos habría que esconderlos", lo saludé con la mano, exagerando mis movimientos y le tire un beso.  ¡No sabés la cara de horror que tenía!
Rieron juntos de la situación, hasta que Juan giró el sillón de Carolina hasta ponerla frente al espejo:
__Y ahora… ¿si jugamos un poco?

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