sábado, 9 de julio de 2016

¡Viva la Patria!


En medio de un fin de semana largo, con un sol tímido que está, quizás para acompañar el bicentenario de nuestra Independencia. ¡Viva la Patria!

Capítulo XXXIV

Entre suturas y quebraduras, Ricardo pareciera no tener tiempo de pensar en las sorpresas que le ha dado Carolina; sin embargo, la preocupación aprovecha sin piedad el minuto de un café, o el frescor del agua en la cara con el fin de despabilarse, para encontrarlo y asaltarlo. Al momento de retirarse, Sandra lo nota caído y no pierde la oportunidad. Sabe que a él le queda una hora más por cumplir, pero con una y otra excusa, se demora para ir con él hacia la salida.
_ ¡Ay¡ _ exclama con el tono de la damisela desprotegida de los cuentos_ ¡Qué suerte que te encuentro! ¿No me alcanzarías hasta casa? Vine sin el auto y está empezando a llover. Encontrar un taxi . . .
Ricardo sale de su ostracismo:
_ Sí, sí, claro.
Cuando suben al auto él no pronuncia palabra, así que a la tercera cuadra, Sandra decide irrumpir la monotonía del viejo limpiaparabrisas:
_Perdonáme que me meta pero . . . no te vi bien hoy. ¿Algún enfermo en especial?
_No.
La negativa es tan seca que Sandra entiende que se ha internado en terreno peligroso.
_ Bueno. Por la forma en que contestás, parece que es algo que no querés compartir con nadie.
Ricardo se vuelve a mirarla por primera vez desde que están juntos y se da cuenta de que ha sido casi descortés.
_No importa si no querés hablar del tema. Pero, si estás triste o preocupado, no te quedes solo, Ricardo. La soledad no es buena. ¿Querés venir a casa? Tomamos algo, o. . . lo que vos quieras. Es un día horrible ¿No te parece ideal para alquilar un DVD?
El muchacho acepta. No es por atracción a su compañera, porque ni siquiera en esas circunstancias la ve como mujer. Tampoco por la esperanza de descargar sus desdichas: para eso hubiera llamado a alguno de sus amigos. Quizás, simplemente, a él también lo está afectando el chirrido del limpiaparabrisas; así que, se detienen para rentar la película y van a la casa de Sandra.
Mientras los reflejos del film van extendiendo sus dedos por el living, ella prepara unos aperitivos. Él se resiste al alcohol, pero ante la recomendación de la mujer de que lo ayudará a relajarse, termina aceptando.
"Uno solo" piensa Ricardo, pero (dando la razón a las intenciones que guardaba Sandra desde su salida del hospital), no sabe bien cómo en el lapso de una hora ha llegado al tercero y la situación es totalmente diferente. Las palabras le brotan de la boca con tanta naturalidad que ella ha detenido la proyección. 
    Sandra ya sabía lo del viaje a México, porque él se lo había comentado al recibir la llamada. Nada le había dicho sobre la motivación real del mismo: le había respondido simplemente por no parecer descortés ante su preocupación. Esta simple revelación y la casualidad de encontrarse en el departamento cuando Carolina llamó, le habían bastado a Sandra para comenzar un enredo  tan conveniente a sus propósitos. ¿Y ahora? ¿Qué nuevo regalo derrama sobre ella el destino con todas estas revelaciones como aparecidas del libreto de una telenovela? ¿Un cantante famoso, una noche misteriosa? ¿Qué más podía pedir? Es cuestión de atizar el fuego y nada más. Por supuesto que un buen amigo le hubiera dicho otras cosas: " No te apresures a sacar conclusiones" o " Llamála de nuevo, todo tiene una explicación", o algo similar. Pero no. El destino, la fortuna, lo que fuera que estaba manejando esos extraños hilos, no habían permitido que ese amigo apareciera: en lugar de eso le habían mostrado esa cara deseada con expresión angustiosa y la lluvia. Con eso le había sido suficiente. En realidad, en su plan entraban la embriaguez y algún que otro roce sensual discreto, pero no había albergado otras expectativas porque conocía a Ricardo, y sabía que le costaría mucho más ganárselo completamente. Con estos ingredientes nuevos, la estrategia debía ser más fina, más psicológica, y, para su beneficio, de resultados más seguros. Así que, fingiendo la compasión de una buena amiga, desarrolla todo un discurso sobre cuánto le extraña la mentira de Carolina, que la confianza es fundamental en la pareja, que no lo valora como él se merece . . .
Llegado este punto, Sandra cree que es bueno tomarle la cara entre las manos y está por inclinarla hacia su pecho, pero es un paso en falso: nota la resistencia. Ricardo está triste y algo mareado, pero aun así, sabe lo que no quiere hacer. Ella disimula la táctica fallida y le revuelve el pelo, para confundir lo anterior con una actitud de compasión, pero al soltarlo, no pierde la oportunidad de lanzar un dardo:
_ Bueno, Ricardo, si vos mismo decís que quizás las cosas ya no andaban bien y no te habías dado cuenta. Qué sé yo . . . vos sabés que el mundo del espectáculo es así. Muchas fiestas y . . . en el deslumbramiento, con tanta gente nueva e interesante, todo pierde sus proporciones reales y se hacen cosas que normalmente no se harían. Como dejarse hablar al oído con unas copas de más hasta que querés reaccionar y amanecés donde no esperabas.
Ricardo no quiere creer lo que oye y se da cuenta de que es hora de irse. De nada parece servir que su compañera quiera seguir hablando o escuchando, advirtiéndole que si se va así no podrá descansar. Sin embargo, lo convence ofreciéndose a encender el DVD otra vez, con la excusa de que así va a distraerse.
Pasan veinte minutos en que las miradas se fijan en la pantalla, pero las mentes están lejos del argumento y los ocupantes de la habitación no cruzan una palabra, hasta que los ojos de Ricardo empiezan a entrecerrarse. Cuando la película termina, la respiración de él ya es profunda, así que la mujer le quita cuidadosamente los zapatos y sube los pies al sofá. Va a su dormitorio y regresa con una frazada con la que cubre su cuerpo. Apaga la T. V. y comienza a ordenar las cosas de la mesa. De repente, como en un acto reflejo, deja su trabajo para volverse a observar ese rostro masculino que tiene la aspereza de un día de crecimiento de vello. Ese rostro que la atrajo desde que lo vio por primera vez y que ahora mismo la tienta más de lo prudente. Tanto que, va hacia él y roza con mucha suavidad las yemas de sus dedos por los cabellos. Se da cuenta de que a su deseo femenino no le basta, que querría mucho más, pero mientras lleva las copas a la cocina se conforma con la esperanza de que algún día lo llevará, sin resistencia, a otra habitación. Con algún otro golpe de suerte y estando muy, muy alerta para actuar en los momentos justos, esos brazos que se refugian en el calor de la manta se acostumbrarán a rodearla a ella.
Va a su habitación, se acuesta y sigue pensando en aquellos brazos, en aquel pecho, en esa cabeza que infructuosamente quiso apoyar en su regazo. Pero el cansancio no la vence con esa imagen en la mente, sino con la de un hombre peleándose entre imágenes perturbadoras. En sueños, Ricardo ve una fiesta, risotadas patéticas y a Carolina, con dos rostros diferentes: uno dulce, como el que siempre conoció y amó diciéndole: "Te quiero" y otra distante, casi desconocida, diviriéndose, como todos los demás, en un torbellino de luces y giros que le causan angustia.
La manta se mueve continuamente durante la noche, porque el inconsciente de Ricardo no le perdona nada.
A la mañana siguiente, Sandra se levanta muy temprano y va inmediatamente al sillón, pero lo encuentra vacío. Sobre la mesa hay una nota: "Gracias por tu hospitalidad".
La primera reacción de ella es de desilusión, pero un rato después, mientras se sirve el café y recuerda la noche anterior, renueva sus esperanzas. Con la taza en la mano, mira por la ventana: la llovizna continúa, tan persistente como sus planes.




martes, 5 de julio de 2016

¡ Y llegamos al XXXIII !

Capítulo XXXIII

A la mañana siguiente, Carolina llega a la oficina antes que sus contertulios y está entretenida conversando con Delia, cuando Juan sale del ascensor y casi la desprende del mostrador, con mirada ansiosa, para llevársela.
Desde luego, le exige un relato con pelos y señales de la visita. Como la nota bastante animada, no inquiere noticias de su novio. Sin embargo, la vigila todo el día para evitar que cualquier sombra amenace la felicidad de los momentos que está viviendo. Hay otra cosa que preocupa a Juan: ¿cuánto tiempo tolerará Néstor esta intromisión? Nélida, la única que podía unirse a él en una cruzada para hacerle su estancia imposible, no está, y los demás parecen encantados con la rara combinación de talento y modestia de Carolina. También está al tanto de que le han encargado la tarea de ayudarla a buscar apartamento, pero no será problema, ya que en su condominio se rentan dos.
Carolina, mientras tanto, está más tranquila. Néstor, que antes le había demostrado tanto desprecio, parece haber cambiado, quizás no de opinión, pero al menos de actitud. Imagina que ha mediado una charla con Miguel. Además, aunque trata de mantenerse al margen de los chismes, sabe que algo sucede con la esposa. Ella también le muestra consideración y acepta todas sus sugerencias, no sólo porque intuye que es un hombre capaz de cualquier cosa con tal de conseguir lo que se propone, sino porque sabe que la han recibido muy bien, pero pasará un tiempo antes de que deje de ser "la nueva" y, diplomáticamente, de nada útil le sería un enemigo.
Trabajan mucho, apenas con un receso para almorzar frugalmente sin salir del estudio. Jorge Díaz y Carolina salen últimos. Miguel la alcanza y le pide disculpas porque al hacerla trabajar tanto, no tendrá tiempo de ver lugares donde alojarse. Carolina lo excusa diciéndole que no se cansará nunca de los mimos del hotel. Interiormente, a ella la halaga que se ocupe tanto de sus necesidades.
Juan ya le tiene un café preparado, pero la chica se dispensa explicándole que no ve la hora de llegar a la habitación, bañarse, meterse entre las sábanas y ver alguna película vieja en televisión hasta que sus ojos se cierren. Juancito le propone otro plan mejor:
_ Ya que no pudimos ir a ver apartamento, al menos salgamos un rato.
_ ¿Qué? ¿Con esta facha? _ se señala de arriba abajo, mostrando las huellas que el trabajo ha dejado en su arrugado vestido y, sobre todo, en su rostro.
_ Está bien, te propongo otra cosa: vamos a mi apartamento. Allí se rentan otros iguales. Puedes darte una ducha, cenar, charlaremos, inclusive quedarte hasta mañana. Te prometo que nos dormiremos temprano, y así, si te agrada, hablaremos con el encargado. Es más: le diré a Aurora que se nos una.
En realidad, lo que teme Juan es que su amiga aproveche la película vieja para derramar lágrimas y no para hundirse en la almohada. Carolina intuye esto, y reconoce que no está del todo equivocado, así que acepta. Sin embargo, no pueden eludir el tema, así que cuando suben al auto de Juan, a ella se le escapa:
_ Al menos podría haber devuelto la llamada.
_ ¿Le diste un número?
_ Bueno . . .no exactamente . . .
     _ ¿Y el nombre del hotel?
_ No. Pensaba hacerlo cuando volviera a llamarlo y cuando me encontré con semejante sorpresa . . .
Juan ríe:
_ ¿Y entonces qué pretendés?
_Pudo haber averiguado.
_ ¿Y pensás que, con la cantidad de admiradoras de Miguel, se trata de buscar en la guía telefónica y listo?
 Hacen el resto del viaje, que es corto, en silencio. Cuando llegan al condominio, Aurora ya está esperándolos y comienzan a bajar comida que ella ha traído en su auto.
A Carolina le gusta el lugar: no es muy lujoso, pero lo suficiente para no carecer de piscina. Es tranquilo, a pesar de que (desde luego, con especial elección de Juan) abundan los solteros. Otra cosa en la que él se ha fijado especialmente, es en que no se trata de gente del espectáculo:
_ Ya viste que no son mala gente, como supone la mayoría; pero, por las dudas, con trabajar con ellos, suficiente _ le había explicado.
Mientras Carolina se ducha y Aurora prepara la mesa, Juan se dirige al teléfono. Desde el otro lado, una recepcionista de hotel lo atiende con acento monótono.
_ ¿Algún mensaje para la señorita Carolina Duprat?
La respuesta es negativa.
Juan cuelga, mira con desilusión a Aurora y va hacia la puerta de su habitación.
_ Sobre la cama hay una remera de algodón limpia. Era de un ex novio mío. Te va a quedar un poco grande _ se vuelve a Aurora_ siempre me gustaron de espaldas más bien anchas. Pero no te preocupes; con nosotros no cuenta la elegancia, lo importante es que estés cómoda.
_ ¿Entonces puedo ponerme estas ojotas? _ se oye del otro lado.
_ ¡Claro!
Como Aurora mira a su amigo con desconcierto, él le aclara:
_ Como pantuflas, pero con una traba después del dedo gordo.
Aurora se disculpa por no haberle traído ropa femenina, pero no sabía que se quedaría a dormir.
Cenan relativamente rápido, agradecen  a Aurora por la cena que ella misma había preparado (siempre tenía algo guardado en el feezer) y la despiden.
Al día siguiente Juan acomoda el futón donde ha dormido cuando Carolina, soñolienta, aparece y, apenas da los buenos días cuando le transmite su preocupación a Juan:
_ ¿Qué me voy a poner?
_ ¡Ah, no, mi amor, yo no soy de esos! Tengo preferencias diferentes, pero no vestidos de mujer. Y mis jeans . . . _se mira las caderas y luego las de Carolina_ deben de ser tres talles más que el tuyo. ¡Cómo te odio! Sanamente, mi vida, desde luego. Ponéte lo mismo que ayer.
_ Pero eso . . . ¿no queda mal? _ pregunta ella mientras recibe un café y una tostada_ encima de que debo de tener fama de "la pobrecita que cayó en paracaídas", van a creer que no tengo qué ponerme.
_ ¡Otra vez con tus complejos! Si yo tuviera la mitad de tu talento, hace rato que hubiera dejado esa actitud. Y te sorprendería saber cuántos llegan con la ropa del día anterior, y no precisamente por haber dormido en casa de un amigo. O, bueno, en realidad,precisamente por eso, ¡ja, ja!
_ Te entiendo. ¿Y si pasamos un minuto por el hotel?
_ Es que estamos un poco sobre la hora _ contesta Juan, consultando su reloj, pero más preocupado porque su amiga pregunte a la recepcionista lo mismo que él la noche anterior que por el trabajo.
_ Es cierto. Y me doy cuenta de que no nos queda precisamente de paso. Mejor, alcanzáme una plancha.
Juan se la da y va hacia la administración para explicarle el interés potencial de su amiga. El encargado se extiende en explicaciones más de lo que el estilista querría, así que cuando regresa al apartamento, salen, con el propósito de hablarlo al día siguiente, después de dar un vistazo a otros lugares.
Llegan a la oficina: el ambiente se nota cada vez más cargado de fechas de presentación. Miguel recibe a Carolina y le hace una propuesta:
_ Habrá que seguir esforzándose, pero no me olvido de la promesa que te hice y no cumplí. Así que se nos ocurrió una idea. Tendremos más tiempo para el almuerzo, que podrás aprovechar al menos para un vago asesoramiento sobre tu residencia . . .
_ No te preocupes.
_ Debo preocuparme. Tu comodidad es parte de mis responsabilidades. Pero, eso sí (y aquí viene la parte desagradable) después de ese descanso, que quizás se extienda hasta las siete de la tarde, trabajaremos hasta la madrugada. ¿Conforme? No contestes por compromiso, por favor.
_ Sí.
Miguel sonríe satisfecho y, con los mensajes que le ha entregado Delia, entra a su oficina, donde  ya lo está esperando Walter.
_ Antes de que digas una palabra, ya lo sé: tenemos un día terrible, pero lo que arreglamos anoche antes de irnos, puede funcionar. Bueno, lo hemos hecho otras veces.
_ Sí _ responde Walter_ Cada vez que Néstor estaba sobrio.
Cuando Miguel le dirige una mirada de "no de nuevo" por sobre las notas que sigue leyendo, Walter considera que  es razonable no seguir con el tema, y da un giro hábil, pero no tanto como para la inteligencia de su interlocutor:
_ Le temo un poco a la presión que está recayendo sobre Carolina, pero confío en su talento.  Y no es sólo eso: se nota que le gusta lo que hace. Está haciendo algo tan diferente, lejos de su país y de su ambiente . . .A veces se le nota el cansancio en la mirada, pero pide una limonada o agua mineral, hace una inspiración profunda y continúa. Eso es propio de los que están enamorados de su don. Creo que desde . . . ti, no había vuelto a ver esa combinación.
__ Mmm . . . _ contesta el cantante sin apartar su vista de los papeles, pero consciente de que no ha perdido una palabra.
_ El carácter también la ayuda: ¿no has notado con qué amabilidad pide todo? Nunca tiene un gesto de descontento, aunque esté extenuada, y cuando se la halaga por algo bien hecho por poco y se sonroja. La he visto ofrecer refrescos a los músicos cuando sale un minuto, ponderar sus ajustes y agradecer las sugerencias a su trabajo. ¿Lo notaste?
Esta vez el cantante tiene la cabeza casi sumergida en la agenda:
_ Algo . . . sí . . . creo . . .
La indiferencia de Miguel es una simulación: la observa ir y venir con los vasos, que lo impacta la sonrisa que le dirige cuando le ofrece algo, que su modestia les está haciendo a todos el trabajo más llevadero.
Walter no puede más: un pequeño gusto, aunque sea, ya que tendrán una jornada tan extenuante.
_ ¿Notaste que hoy llevaba el mismo vestido que ayer?
Miguel lo ha notado, pero advertido por la broma de días pasados, no cae en la trampa.
_ Sinceramente, no.
_ Es extraño. Es una joven muy cuidadosa, y aún no hemos conseguido convencerla de que no la valoramos por lo externo. ¿Una noche apasionada, quizás?
A Miguel se le cruzan miles de respuestas por la cabeza: "¡No es de esas!", "¡Si se fue con Juancito!", " Pero . . .¿a quién pude haber conocido aquí en tan poco tiempo? ", pero se muerde la lengua antes de demostrar algún interés.
_ Es su vida privada.
_ Nadie lo discute, pero . . .vamos . . ¿no te da un poco de curiosidad?
_ Ni un poco. Además, no te olvides, Walter: no viene de una familia acomodada ni de una profesión bien paga. Tal vez no haya traído mucha ropa._ se interrumpe_ ¡Eso es! Pensamos en el hotel, el transporte . . .¡Un adelanto! ¡Eso es lo que debe de necesitar ahora! ¿Cómo pudimos pasarlo por alto?
Walter se palmea la cabeza y acuerdan dárselo ese mismo día.
Antes de salir de la oficina hacia el estudio, Walter no puede con su genio:
_ ¿De veras no te intriga ni un tantito?
_ ¡Por Dios, pareces mujer por lo chismosa! Ya te lo dije: es una colaboradora, nada más.
_No es eso lo que le dimos a entender en la cena de la otra noche.
_De acuerdo, pero eso no nos da ciertos derechos.
_ ¿Y si Juan le presentó a alguien, o la invitó algún músico? Es bonita, simpática, quizás se sienta sola . . . Conozco muchos hombres que estarían encantados de su compañía.
Miguel suspira para no contestar, pero, muy a su pesar, ese día está atento a cualquier roce de mano, a una sonrisa sugerente, a cualquier actitud que le provoque la imaginación: Carolina en los brazos de un hombre.
Cuando salen a mediodía, Carolina le ruega a Juan que la deje en el hotel para descansar una hora, antes de buscar apartamento. La chica duerme profundamente hasta que le avisan que Juan ha llegado. Se cambia con rapidez y sale.
La recepcionista no le da ningún mensaje, porque el hombre que llamó de Argentina, dejó expresa indicación de no ser siquiera mencionado.
Después de la llamada telefónica con su novia, Ricardo había quedado confundido, pero se había aferrado a la esperanza de la llamada siguiente y de la carta. Frustradas ambas, la confusión se había transformado en preocupación, acrecentada, desde luego con el hecho de que su astuta compañera de trabajo no le había mencionado que Carolina había tratado de ubicarlo en el departamento.
Usando la deducción y conociendo tanto a su novia como  Marta, imaginó que aquella habría sido incapaz de estar tan lejos sin dar (tan pronto las circunstancias lo permitieran) algún dato para ubicarla en casos de emergencia (sobretodo por sus padres) y que esta sería la depositaria de tal confidencia. Sin más, se reunió con la amiga. Marta, al ver que el enamorado ya sabía toda la verdad, no vio motivo para prolongar su agonía y le dio los datos del hotel.
La noche que Carolina pasó en casa de Juan, Ricardo hizo su primera llamada a México, mucho más tarde de la averiguación que aquel había intentado. A la mañana siguiente  llamó a temprana hora mexicana, seguro de que la encontraría antes de que ella saliera. Como insistió, la recepcionista le aclaró que la señorita que buscaba no había pasado la noche allí.

domingo, 3 de julio de 2016

Capítulo XXXII

Domingo ... lluvia ... ideal para la lectura, ¿no? Como para meternos en el mundo de Carolina y perdernos un poco.

Capítulo XXXII

Ya han pasado las seis de la tarde. Todo el personal sale agotado de la sala de conferencias, adonde habían ingresado una hora antes, al terminar su intenso trabajo de composición, arreglos, tratos con la grabadora, esquemas de publicidad . . .  Como lo habían planificado con su representante, la reunión se había realizado para aclarar el desafortunado episodio de la fiesta. Sin entrar en detalles escabrosos sobre cuáles habían sido los motivos que habían llevado a tanto escándalo, pusieron énfasis en mantener la integridad moral de la empresa, no hacer declaraciones para el periodismo y continuar trabajando arduamente para cumplir con las fechas perentorias. En cuanto al alejamiento de Nélida, manifestaron que había sido una decisión de mutuo acuerdo y, posiblemente, temporal, así que cualquier otra versión no debía ser tomada en cuenta, y, mucho menos, difundida.
Néstor no articula palabra: en parte porque sabe que está caminando sobre hielo delgado y también porque el trabajo de esa tarde con Carolina está alimentando en él la idea de que su talento puede ser amenazante. En la primera oportunidad en que él quiso reformar una de las letras de ella para acomodarlas a su pentagrama, todos accedieron, pero en la segunda, una señal negativa de Miguel y  la desaprobación de los músicos lo hicieron cambiar de idea.
Entre despedidas hasta el día siguiente, en un "atrevimiento" que Miguel no se había tomado hasta el momento, toma la muñeca de Carolina, y, le dirige una mirada que es una clara interrogación, a la cual ella siente con la cabeza.
_Walter pasará a buscarte . . .digamos . . . a las ocho. ¿Está bien?
_Bien.
_Hasta luego, entonces.
Juancito, que ha observado la escena, cuando se asegura de que su amiga lo ve pero el cantante no, levanta el pulgar de victoria y aprovecha la ocasión de hacerle otra seña: "Vení", a la vez que abre su "cuchitril". Carolina, contra la corriente que se dirige al ascensor, se reúne con él.
_ ¿Vamos al hotel para arreglarte?
_ No. _ contesta con firmeza Carolina_ Gracias Juancito, pero esto no es tan formal. Es más: no quiero que se le pase siquiera por la cabeza que mi idea es seducirlo, porque no es así.
Al ver la reacción en el rostro del compatriota, se apresura a agregar:
_ No te asustes. No volveré a lo aburrido; aprendí mucho de ustedes el otro día. Sin variar el estilo que descubrieron en mí, seré un poco más sobria y nada más.
_ Está bien. Pero . . . ¿me permitís una sugerencia nada más?
_ Claro, maestro.
_ El vestido rosado.
_ Es el que tenía en mente.
_ ¡Muy buena alumna! ¡Te merecés un diez! Y otra cosa.
_ Dijiste una sugerencia.
_ Esto es un pedido: Si a último momento no sabés qué hacer con el cabello y te agarra el ataque . . .
_ Los llamo.
_ Exacto. _ la abraza fraternalmente _ ¿Nerviosa?
_No te lo puedo negar.
_Tranquila, cielo. Te lo dije. Son caballeros y saben que están ante una divina desde todo punto de vista. Van a hacerte sentir muy cómoda.
Puntualmente le avisan a la tercera versión de Carolina (no tan deslumbrante como la otra noche pero igual de elegante) que están esperándola abajo.
Mientras retoca su maquillaje en el espejo del ascensor, recuerda con simpatía su sorpresa la noche que la mano de Miguel aparecía de la limusina. Esta vez es el auto de Walter, sin chofer, y es él mismo el que desciende, la besa en la mejilla a la usanza criolla y le abre la puerta. La decisión de estos detalles había sido planificada por los dos amigos. El uso de un auto menos portentoso y sin chofer (de hecho, Walter siempre se había negado a esta excentricidad), le confirmaría a ella que se trataba de algo más informal. El representante sabía que su amigo habría querido ir nuevamente a buscarla personalmente, pero este se había explicado:
_ No quiero alentarle falsas expectativas.
Walter lo conocía desde hacía demasiados años como para creerle, y había estado por deslizar: " ¿Las de ella o las tuyas?", pero creía que con ese comentario ya hubiera pasado el límite de los que le había lanzado sobre sus posibles sentimientos hacia Carolina.
El trayecto se hace corto hablando de cosas triviales hasta que llegan al piso que habita Miguel (cuando no está de gira) de lunes a viernes, día en que se va a su mansión de Acapulco, si algún compromiso no se lo impide.
Carolina sigue asombrándose del lujo y el buen gusto, más aún cuando es el dueño de casa en persona quien les abre la puerta del apartamento, pues, para dar más sencillez al encuentro, ha hecho retirar al ama de llaves una vez terminada la cocción de la comida y él mismo va a servirles. Le fascina la vista por los amplios ventanales y la sobria elegancia de la sala de estar y el comedor. Imagina que no es obra de un soltero, sino de un decorador.
Entre la comida principal y el postre, la chica se excusa para ir al tocador. Miguel y Walter apuran una conversación sobre el estado de Alicia. A su hermano le han permitido verla, pero debido al poco tiempo estipulado y a los tranquilizantes no han tenido una conversación coherente. Sólo alcanzó para los abrazos y la pregunta de Alicia sobre su marido. Su hermano la tranquilizó, diciéndole que le enviaba cariños, que seguía trabajando duro y que iría a verla en cuanto los doctores le permitieran recibir más visitas. Sabía que le mentía, pues los médicos se oponían abiertamente a la presencia de Néstor, pero  Miguel temía que decírselo empeoraría su situación. El cantante terminó por darle la razón a Walter: sacar a Néstor de la vida de su hermana sería lo mejor para una recuperación, pero, ¿cómo lograrlo?
Por otro lado, Alejandra les había ahorrado un problema: había renunciado. Walter sospechaba que no lo había hecho por vergüenza ante los vecinos de oficina, ni por despecho hacia su amante, (no sabían bien cómo, pero las mujeres siempre terminaban perdonándole sus faltas) sino, precisamente, por recomendación de este: así podrían verse  en lugares apartados de los ojos del edificio.
Cuando la muchacha regresa, Walter y Miguel le explican cuán apenados están de que haya tenido que presenciar la escena de la fiesta. Ella admite que estaba muy nerviosa por introducirse en un mundo nuevo, pero sería injusto de su parte aferrarse a una visión condenatoria de la empresa.
_ Después de todo, seré nada más que una trabajadora en la maquinaria. No tenían por qué tomarse semejantes molestias_ dice, señalando la mesa_ Sólo una charla con el inusual Juan me ayudó a superar (aunque no del todo aún, lo reconozco) la idea de ser una hormiguita entre elefantes.
Los hombres ríen.
_ Carolina: quiero aclararte una cosa _ dice Walter_ el mundo del espectáculo no es como los medios lo pintan. Menos aún en el caso de Miguel. Te asombraría saber la diferencia abismal que hay entre el mujeriego trasnochador que las revistas inventan, o que alguna modelo incipiente describe como su último romance, y el verdadero: bueno . . . este. _ y lo señala.
Carolina observa a Miguel, disfrutando de su helado con las piernas estiradas, sorprendido como un niño con cada nuez que encuentra.
Divertido ante el comentario de su amigo, Miguel se atraganta, pasa la servilleta por sus labios, se aclara la garganta y aprovecha para hacer una observación:
_ Para no ser menos que mi inteligente amigo, yo también quiero sacarte de un error: esta invitación ha sido para demostrarte que no eres, precisamente un "engranaje" más de la maquinaria. Juan debe de haberte advertido de las falsedades y los juegos que rondan por los pasillos. Sin embargo, créeme: si bien no podemos evitarlos a todos, hay excepciones.
_ Es cierto, los músicos han sido muy amables.
_ ¿Lo ves? Y casos como el de Alejandra, Nélida y Néstor, exceden el ámbito laboral, pero, desgraciadamente, fue allí donde explotaron el otro día.
_ Comprendo.
_ Lo que queremos decirte _ aporta Walter _ es que pasas a ser una parte muy importante de este trabajo, donde el talento de uno no puede materializarse sin el esfuerzo de los demás.
_Seríamos hipócritas si te dijéramos que no pensamos ganar un peso, ni tener éxito . . .
__O retirarnos cuando aún lo podamos disfrutar . . .
Carolina y Miguel ríen de la ocurrencia de su acompañante.
_ No tienes familia aquí, así que, si te sientes sola, o algo no te agrada, no dudes en hablar con cualquiera de los dos.
Walter asiente con la cabeza, pide permiso y se dirige al balcón. Antes de correr el vidrio, se vuelve a su amigo:
_ No te olvides de comentarle lo del apartamento.
_ Cierto. Ya va siendo hora de que tengas más comodidad, Carolina, así que, cuando gustes, podrás recorrer el lugar donde quieras residir mientras estés aquí. Por lo que alcancé a observar, has desarrollado gran afinidad con Juan.
_ Bueno, la tierra tira, ¿viste? _  contesta Carolina, sin poder desprenderse de sus argentinismos.
_ Claro _Miguel invita a Carolina a seguir a Walter corriéndole la silla _Por eso me pareció el más apropiado para acompañarte en la selección.
_ Por más que me empeñe, no creo que pueda . . .
_Si es por el dinero, no te preocupes, la empresa se hará cargo.
_No. No es eso. Precisamente, soy más cuidadosa con el dinero ajeno que con el propio. Además, no creo que en la excentricidad esté la calidez de un ambiente. Me refiero a que me sería imposible acertar con una "sensibilidad" como la que brota de estas paredes.
 Cuando pregunta a Miguel quién fue su decorador, la respuesta la sorprende:
_ Mi hermana. Siempre tuvo muy buen gusto y estudió algo de decoración, arte gráfico, fotografía . . . éramos . . . somos muy unidos. Hasta hizo las fotos de mis primeros trabajos _su rostro empezó a ensombrecerse _ hasta que se casó y . . .
Walter, sin saberlo, evitó una situación que se hubiera tornado embarazosa al entrar con la copa en la mano:
_ ¡No pueden perderse este cielo! ¡Vengan!
Es cierto: en el balcón, Carolina tiene una mezcla de sensaciones: por un segundo, el recuerdo de la voz de Sandra en el teléfono le causa una punzada en el corazón, pero recuerda las palabras de Juancito, apura un sorbo de champán y entrega sus ojos a la inmensidad brillante. Una honda exhalación sale de su pecho. Los hombres se miran. Walter se atreve a preguntarle:
_ ¿Y ese suspiro?
Carolina les sonríe:
_ El momento. Disfrutando el momento, nada más.

sábado, 2 de julio de 2016

Recuperando ...

Después de tanto tiempo sin noticias, otro capítulo para tratar de recuperar el ritmo. ¿Tuvieron que leer los veintinueve anteriores ayer?
Aquí vamos con el ¡treinta y uno! a ver si nos enganchamos con la historia de nuevo.

Capítulo XXXI

Al día siguiente, Carolina se presenta a trabajar con anteojos oscuros y una terrible resaca.
Se encuentra con una nueva secretaria (una señora mayor, seria pero muy amable, llamada Delia), a las nueve en punto, y se presenta. Enseguida le sale al paso Juan, quien la lleva de un brazo a su oficina, a pesar de los reclamos de la chica:
_ Pero, es que Miguel, y los músicos… ellos me esperan…
 _Delia, por favor, si preguntan por la señorita les dice que está conmigo _se vuelve a ella _No te preocupes, nadie llegó todavía. Parece que ayer tuvieron mucho que resolver.
Una vez en la seguridad de su " cuchitril", le pide que se quite los lentes.
_Iba a preguntarte cómo estabas, pero con esos ojos hinchados, creo que sobran los interrogantes _ le dice, mientras le alcanza un analgésico y le ofrece:
_ ¿Agua o café?
_Cianuro _responde Carolina, escondiendo la cara entre los brazos cruzados, apoyados en el tocador.
_Mmm… no tengo. Además, no sirve para el dolor que te debe de estar partiendo la cabeza.
_ ¿Y para el de corazón?
_Menos, mi vida, menos. Para el corazón partido las medicinas son: salidas, hacer catarsis con los amigos sinceros, distracción, levantar la auto estima y . . . tiempo, sobre todo… tiempo, querida.
Carolina había ahogado sus penas entre margaritas y lágrimas con sus dos nuevos y leales amigos hasta las tres de la madrugada en su hotel.
_ Yo . . . yo tengo en parte la culpa. Me vine así como así, con una mentira. ¿Por qué no se lo conté? Después de todo, él siempre me entusiasmó a arriesgarme a cosas nuevas. Y me tuvo mucha paciencia. ¡Cuántas veces iba al departamento y tenía que pasarse horas viendo la televisión porque yo me sentaba haciendo y corrigiendo versos! Quizás tenía cosas para contarme, y yo ¡tan ocupada! _ se había lamentado, entre sorbo y sorbo, sentada en la alfombra, dejando que Aurora le pasara el pañuelo ya empapado, por los ojos.
_ ¡Ah, no, no, no! _ se había enojado Juancito _ Entiendo que lo quieras mucho, y yo ni siquiera lo conozco, así que no puedo prejuzgar, pero no tergiversemos las cosas.
_ Tiene razón Juan, Carolina: la culpa no es del engañado, sino del que engaña. Suponiendo que él no estuviera a gusto, o se sintiera relegado, tú no le pusiste un arma en la sien para que se quedara contigo _ agregó Aurora.
_ ¡Y mucho menos para que fuera corriendo a los brazos de otra! Además _seguía él, tomándole las manos cuando lograba sacarle el vaso_ A mí, sinceramente . . . hay algo en todo este asunto que no me cierra. Creo que te estás alarmando demasiado por algo que no es seguro.
Carolina, enojada, había intentado pararse con rapidez, pero su poca experiencia con el alcohol la había hecho desistir y por un mareo, debió apoyar los codos sobre la cama para poder hacerlo (con muy poca elegancia y dignidad, desde luego).
_ ¿Sseguro? ¿Se - sse - guro? _ tartamudeaba con absurdo autoritarismo tambaleándose_ ¿Qué más pruebas necesito?         Una mujer hermosa que siempre estuvo al acecho, en la casa de mi novio, mientras él se baña y, aparentemente, ya instalada.
_Ahí esta la palabra clave, querida: a- pa - ren- te- men- te.
_ Pero . . . ¿qué querés, Juan? ¿Que me quede feliz y contenta, como si nada? ¿Que lo llame y lo salude: "hola, mi cielo, cómo estás"? _discute, buscando la botella de tequila que Juan ha escondido _Mejor pido otro margarita al servicio . . . ¡Já! . . .¡Lo único que me faltaba: ya ni el teléfono encuentro!
_Mejor _ le dice Aurora _ Así no bebes más, niña. No tienes costumbre y mañana sufrirás las consecuencias.
_Tampoco tenía por costumbre que me pusieran cuernos, Aurora, y, ya lo ves, a todo se adapta una . . .
_Carolina, Carolina, vamos . .  _la toma su amigo por los hombros _ No pretendo que estés feliz, y no creas que no te comprendo. Todos hemos pasado por esta situación alguna vez _ Aurora asiente con la cabeza, con cara de experiencia. _ Lo que quiero decir es que no sufras ni más ni antes de lo estrictamente necesario. Ahora estás obnubilada, no puedes decidir nada, pero muchas veces no son lo que parecen.
_Es cierto _dice Aurora _ quién sabe si las cosas son como esa mujer las cuenta. Ya verás que hay varios caminos: puedes hablar con él, o escribirle…pero no tomar las cosas desde ya como juzgadas.
_ Y si lo consideras necesario, y realmente lo amas pues… te subes a un avión y constatas por ti misma si has perdido a tu hombre o aún puedes recuperarlo, que no está vencido quien pelea, caramba.
_Es que quizás él no quiera ser recuperado.
_Pues peor para él, que se lo pierde: pero le cantás las cuarenta y te volvés con la frente bien alta, que ninguno de los dos se las saque de arriba.
Así habían conseguido que se acostara, aunque con algún que otro rezongo, pero, sobre todo con la idea de "Mañana es otro día". Aunque el "otro día" eran unas horas.
Carolina tiene las imágenes de esa madrugada en su retina, junto con los puntos rojos que se le aparecen en el aire al levantar la cabeza para recibir un jugo de tomates y el analgésico que Juan le sirve.
Apenas ha tomado dos sorbos, cuando oye las voces de Walter y Miguel en el pasillo. Luego la de este va escuchándose  más cerca y unos nudillos tamborillean en la puerta.
_ ¿Sí? _ acepta Juan.
Aparece la cara del cantante:
_ Buenos días. Disculpen, pero me dijeron que estabas aquí y necesito hablar contigo un segundo: ¿Puedes?
Miguel hace un gesto invitándola a salir para dirigirse a su oficina y Carolina se levanta, lanzando una plegaria para que su rostro no delate su estado de ánimo.
En la oficina, el cantante le reitera las disculpas que le había ofrecido por teléfono y le dice que se siente en deuda con ella. Después de eso, Carolina va relacionando en su mente las palabras: "esta noche", "cena sencilla en mi apartamento", "Walter, tú y yo". Ella contesta que no es necesario, que no desea que se sienta en un compromiso, que quizás terminen muy cansados de trabajar. . . Finalmente queda en darle una respuesta antes de finalizar la jornada.
Su primera reacción es, desde luego, ir a contárselo a Juan, quien tiene una reacción muy clara: Si el disgusto con su novio la noche anterior, o su complejo de "patito feo", la hacen esbozar un "No", él no se lo perdonará jamás, y, peor aún, le asegura que ella misma será quien lo lamentará.
_ Pero . . . es que yo no tengo ningún interés romántico en él, Juan.
Juan ríe:
_ Querida, querida . . .ya te lo dije una vez: Miguel puede tener a las mujeres que quiera, pero sabe comportarse con las que respeta. ¿No te das cuenta? A mi me encantó transformarte en Cenicienta, pero no es eso lo que él está viendo ahora (aunque tendría que estar ciego para no notarlo), lo que le está interesando de ti es tu talento, principalmente, tu simpatía, tu modestia y tu sinceridad, en un mundo donde la apariencia es moneda corriente. Además, no estarán solos, ya te dijo que va a ir su representante. No pierdas la oportunidad de conocerlos en  profundidad. Son dos hombres valiosos y a ellos también les hará bien conocerte más. Y, desde luego, una forma muy caballerosa de que te sientas mejor o te
 saques cualquier duda después del episodio de la fiesta. Como beneficio extra, será una noche que no te pases llorando por cosas que no sabes si son ciertas o no. Creéme: un poco de distracción, buenos amigos y trabajo duro y creativo, son el mejor bálsamo.
Una hora después, cuando llega Walter, recibe un saludo muy particular de Miguel:
_ Esta noche cenaremos tú y yo con Carolina en casa.
En medio de su estupor, el representante alcanza a decir con una sonrisa:
_ ¿Qué te parece si finjo que me enfermo a último momento para no ir y dejarlos solos?
_ ¡Te lo prohibo!

jueves, 30 de junio de 2016

Capítulo XXX

Esta vez batí el récord de incumplimiento con mis seguidores (si los hay).¡Cuatro meses! Tengo un excusa, un acontecimiento MUUUUUUYYYY feliz en mi vida. ¡Me casé!

                                                                                                                                                                    Seguramente muchos se preguntarán quién es el pobre mortal que se animó a prometer soportar tooooda la vida. Y sí: es el hombre más bueno, cariñoso, gentil  y, desde luego, conmigo no podría dejar de ser PACIENTE. Lo amo a él y a su familia, que ahora es la mía también.
Después de compartir esta intimidad, paso a subir otro capítulo.
Desde luego que esto no justifica tanto tiempo de alejamiento (por más ocupados que nos haya tenido la luna de miel, ¡ja, ja!). También cuanto más tiempo pasaba, más dudaba de seguir con el blog. ¿Estarían interesados en seguirlo todavía? Después pensé cuánto entusiasmo había puesto en la creación de la novela, y cuánto me gusta compartirla, así que, esperando que me perdonen ooootra vez, aquí va.
Un beso a todos.
Capítulo XXX

Después de enterarse de que tendrá el resto de la tarde libre, Carolina se sumerge en la bañera para relajarse, algo que parece estar convirtiéndose en una costumbre para ella, aunque empieza a pensar cuánto la extrañará al regresar a su modesto departamento.
Meditando, mientras observa cada arruga que el agua le va provocando a los dedos de sus pies, se siente culpable. Ya no le parece justo seguir en la mentira. Sobretodo con su novio: él fue su soporte, el viento de su velero cuando soñaba con "saltar" a un proyecto distinto y ahora lo estaba dejando fuera de todas estas excitantes novedades. Está pensando cómo contarle la verdad, cuando debe envolverse en la bata de baño para atender por teléfono a Juancito, quien la insta a no quedarse "acovachada" y salir con él y su amiga maquilladora a disfrutar el atardecer mexicano en algún bar "de onda". A ella le cuesta desperezarse de ese lujo hotelero, pero ante la insistencia, accede. Además, sabe que él está muriéndose por comentar cada detalle de la noche anterior.
Una hora más tarde, sale, con el firme propósito de telefonear a Ricardo y ponerlo al tanto de todo.
Después de varios chismes del mundillo artístico al que está entrando y dos sabrosísimos tacos con sus amigos, Carolina decide telefonear a su novio, antes de que el valor que reunió en su corazón y está subiendo a su cerebro ayudado por dos margaritas se le escape. No lo encuentra en su casa, así que lo llama al hospital. Sabe que no son ni el momento ni el lugar ideales, pero, sabe también que será "ahora o nunca". Ricardo se sorprende del tono urgente primero y del relato después. Escucha con atención, sin interrupciones (bueno, Carolina, sin parar ni para respirar y alternando  lo anecdótico con las disculpas, no le da oportunidad de ello). La llamada de la secretaria, su novia trabajando con compositores, el encuentro con la estrella… Todo le suena a telenovela. A una telenovela de la cual le están resumiendo los capítulos que se perdió. Y no comprende claramente por qué se los perdió: ¿tal vez porque no le avisaron cuándo comenzaba, o quizás el televisor estaba encendido y él había pasado frente a la pantalla tan ensimismado en sus cosas que no les había prestado atención? Ricardo ama profundamente a la Carolina, pero desde su partida, el trabajo lo ha presionado mucho, las guardias son más frecuentes y las autoridades nuevas y los problemas económicos del hospital lo han extenuado, así que, al tiempo que ella termina su síntesis, le pregunta cómo se siente, si no está enojado y multiplica sus disculpas por no haber sido sincera desde el principio, él se cuestiona cómo, conociéndola tanto, no había advertido en sus anteriores llamadas que algo pasaba. Y, por otro lado ¿no significa esto una falta de confianza hacia él? ¿Había creído que él se hubiera negado a que tomara aquel avión? ¿Que no hubiera comprendido lo que la oportunidad significaba para ella? ¿Que no la creía capaz  de desenvolverse en circunstancias tan nuevas?
Ricardo no contesta y su novia comienza a disimular un sollozo en la voz.
_ Si no quisieras volver a hablarme nunca… nunca más, mi amor, tendrías razón. Estuve muy mal, pésimo, pero yo…yo te adoro: no te olvides de eso. Hoy mismo te mando un mail para explicarte mejor.
El olor a tequila no llega hasta Argentina, pero su novio lo sospecha, y, aun dentro de la situación, le resulta un tanto gracioso imaginarse esa cara que para él es angelical, haciendo "pucheros". Quiere decirle algo tranquilizador, pero ella no le da tiempo, por miedo a llorar y hacerlo sentir mal.
_No me digas nada ahora. Yo te llamo dentro de un rato desde el hotel. Pensálo, pensálo tranquilo. Y pensá que te quiero mucho también. Ya te lo dije, ¿no? Sí… bueno, no importa: te lo digo otra vez. Chau, mi cielo.
Ricardo queda desconcertado. No ha podido ni despedirse. Se sienta en la sala de espera y observa el reloj. Faltan cuatro horas para que termine la guardia. Con las manos en la frente y el pensamiento en México (que ahora le parece aún más lejos; ya no está en el mismo continente, ni siquiera en la misma galaxia), no se percata de que a su lado se ha sentado una colega.
_ ¡Sandra! _ Exclama el muchacho cuando siente que le presiona la rodilla para sacarlo de su ostracismo.
_ ¿Preocupado o cansado, nada más? _ interroga la joven doctora mientras suelta el broche de su blonda cabellera para volver a peinarla.
Desde que Carolina había conocido a Sandra no había podido sacarse la idea de que  tenía una mirada que no parecía conformarse con el rótulo de "amiga" de su novio. Desde luego, esta sospecha le había sido confesada a Marta y no a Ricardo, para que este no la calificara de celosa ni le reprochara que su imaginación literaria le hacía ver cosas donde no las había. Lo cierto es que, cuando Ricardo estaba cerca, Sandra siempre se ocupaba de que alguna parte de su cuerpo estuviera discretamente en contacto. Si Ricardo hubiese estado más atento, o  su fidelidad a Carolina no hubiese sido férrea, hubiera reconocido el clarísimo lenguaje corporal con el que jugaba su compañera de tantas horas de suturas, urgencias y medicaciones: "yo siempre estoy acá, para lo que necesites".
En México, Carolina, llorosa, comenta con sus amigos lo hablado con su novio.
_ Él debe de quererte mucho para dejarte venir hasta aquí sin ningún reproche. No va a cambiar de idea ahora _la consuela Juancito, mientras la acompañan a su hotel, y como la notan tan alicaída, deciden quedarse un momento en la habitación.
Entre charlas, frases filosóficas a cerca del amor y más margaritas pedidas al servicio al cuarto, el momento se extiende en horas, y aunque la sensatez le indica a Carolina que es mejor dejar asentar las cosas, al menos hasta el día siguiente, la falta de resistencia al alcohol y la impaciencia le embotan la razón y aprovecha la presencia de sus amigos para llamar de nuevo. Como imagina que Ricardo ya habrá salido del hospital, telefonea a la casa. La voz femenina que oye del lado argentino le hace sospechar que ha discado erróneamente, así que verifica el número y queda pasmada cuando le ratifican:
_ Sí, es el número. Habla Sandra… ¿Quién es?
A Carolina le toma unos minutos reconocer la voz de su interlocutora, y sólo unos segundos sentir una aguja de sospecha, pero trata de fingir naturalidad:
_ ¡Ah! ¡Sandra! Sandra…
_ Sí… _ afirma la doctora, esperando algún tipo de explicación.
_Soy Carolina, la…
 Quiere agregar, como toda mujer cuando cree que necesita aclarar lo que es suyo "novia de Ricardo", pero Sandra, a quien se le ha ocurrido una idea, veloz como rayo, no la deja seguir hablando:
_ ¡Ay, hola, divina! ¿Cómo estás? ¿No me digas que estás hablando desde México?
_ Sí…
_ ¡Ay, perdonáme, linda! Vos llamando de larga distancia y yo haciéndote perder tiempo y dinero…Con lo que cobran los docentes. Mirá, dulce, mejor no te entretengo, porque Ricky está duchándose. Si querés entro y le pregunto, pero me parece mejor que le dé tu mensaje, ¿no?
_No _contesta la joven, cortante. _ Mejor ni le digas que yo llamé.
_Bueno, como quieras. Pero si querés le digo que te llame después de que cenemos…o cuando regresemos del cine. Es más, si querés, mañana le hago acordar ni bien nos despertemos …
Con pensamientos encontrados a mil kilómetros por hora, Carolina repite.
_ No, no me menciones.
Lo único que quiere es cortar, alejarse de la Argentina, no sólo en el espacio, sino por la ruta del corazón y se siente estúpida, muy estúpida, más que engañada. Pero por si esto no le bastara, escucha a Sandra:
_ A propósito…no sabés cuánto lamento el alejamiento de ustedes. Ricky me contó. Pero, te digo, hiciste muy bien en poner distancia. Así te vas a recuperar más rápido. Aparte, me encanta que sigan siendo buenos amigos. Vos y yo no tenemos por qué ser enemigas, ¿no te parece? A mí siempre me pareció que no eran el uno para el otro, pero. . . bueno, vos siempre me caíste bien…Te deseo lo mejor, en serio y estoy segura de que vas a encontrar a alguien especial. . . como  yo lo encontré a él…
A Carolina no le quedan fuerzas más que para despedirse y colgar. Después de eso, se lanza a llorar en los brazos de Juancito, quien espera que se tranquilice antes de pedirle explicaciones.
La herida muchacha ha creído todo lo que escuchó. Se imagina la escena: Ricardo, bañándose, quizás en unos  segundos acompañado bajo la regadera por su nueva amante, a quien le ha dicho que el viaje de ella se ha debido a su rompimiento. Se los figura vistiéndose para salir en medio de las interrupciones de los besos apasionados, paseando el estreno de su romance por la calle, uniendo las manos en la oscuridad del cine… regresando a dormir abrazados. Y llora. Llora con el hipo propio de los niños que sienten que el mundo se les acaba. Pero más que nada llora porque jamás, jamás se hubiera imaginado que Ricardo sería capaz de hacerle eso. Pocas veces Carolina había pensado en el final de su amor: más bien había hecho proyectos para que fuera evolucionando hacia una familia. Aún así, si se había sentido atraído por otra mujer, o si ya no la amaba: ¿por qué no se lo había dicho ? Ella creía que tenían una buena comunicación, que podían contarse todo. Es más, era una de las razones por las cuales se había sentido tan culpable de ocultarle la naturaleza de su viaje. O. . .¿habían habido signos de que la pareja ya no funcionaba y ella, ciega y enamorada, no los había visto? Pero, aún así, ¿no había tenido la decencia de esperar su regreso para enfrentarla? A dos semanas de su partida y ya había comenzado otra relación. Y con Sandra. Por supuesto, su intuición no la había engañado: la rubia había caído como ave de rapiña. Seguramente para consolarlo, para "prestarle oreja" y alguna otra cosa con el cuento de que un clavo saca otro clavo, y hay que recuperarse del pasado lo más pronto posible . . . Había que reconocerlo,  atributos físicos no le faltaban. Pero, el Ricardo que ella conocía, el hombre del que ella se había enamorado ¿podía ser tan frívolo?
 Por supuesto, ella no pudo ver la escena real en la casa de su novio: Ni en el baño, ni en ninguna habitación había persona alguna que no fuera Sandra, quien tenía una regadera en la mano: estaba allí porque se había ofrecido insistentemente a regar las plantas de su colega (que tenía a su cargo también las de Carolina, mientras Marta se encargaba de la alimentación de Kitty en el departamento de Carolina), porque él pasaría otra noche en el hospital. Ni romance, ni cena, ni lecho compartido. Una gran mentira. Pero, ¿qué más le da a la repentinamente solícita amiga? Según su improvisada estrategia, sólo es cuestión de tiempo para que se convierta en realidad ahora que ha sembrado la semilla de la discordia.