jueves, 4 de agosto de 2016

¡Sol! ¿Dónde estás?


¡Qué invierno triste! Por la ventana la higuera desnuda me mira con tristeza y no sé qué decirle. No se me ocurre una historia para contarle que pueda consolarla. Por eso los invito a trasladarnos al calor de México siguiendo a Carolina.

Capítulo XLIII

Carolina coloca su bolso de mano en el portaequipaje y se sienta a esperar el carreteo del avión, que, al igual que el aterrizaje, siempre la emociona como si volviera a ser una niña. Tiene las imágenes de su madre, que viajó desde el pueblo para despedirla, y de Marta. Ambas la habían besado y abrazado hasta que no quedaba más tiempo para ir a la sala de espera. Sin embargo, a esa figura dulce se contrapone otra, muy amarga: ella, bajando la escalera hacia la planta baja del edificio del departamento de Ricardo; él, corriendo y rogándole que lo esperara. Un taxi, que  pasaba justo antes de que él pudiera tomarla de un brazo, y la última mirada por la ventanilla. La misma mirada cargada de desilusión que llevaba ahora y cada vez que recordaba esa espantosa escena.
Por eso se había negado a atenderlo por teléfono y hasta había pasado unos días en casa de Marta, previendo que intentaría contactarla en su departamento. Sabía por su amiga que había acudido a ella para que interviniera, para que le diera una oportunidad de explicación. Sabía también que él se había pasado seis horas en la esquina, a pesar de la lluvia, esperando a que saliera por algo y así poder sorprenderla, y la carta que pasó por debajo de su puerta había sido destruida. A todo se había negado, aunque sus lágrimas la tentaran a veces a ceder. Hasta Marta se había negado a intervenir: había escuchado la petición de Ricardo y cumplió con su misión, pero ante la negativa de Carolina, no había insistido. Esta vez, ella también estaba decepcionada, y no sabía si confiar en él o no, pero lo cierto era que estaba viendo a su amiga sufrir y no le agradaba en absoluto, así que, se concentró en consolarla, más que en hacer de mediadora. Se ocupó de que Carolina viera amigas y descansara en los días que le quedaban en su país, y aunque sabía que no podía ahorrarle el dolor por mejores intenciones que tuviera, deseaba que estuviera en las mejores condiciones  posibles para enfrentar nuevamente el desarraigo y trabajar sin nubarrones que entorpecieran su creatividad.
Otra vez las luces de Buenos Aires alejándose. ¡Qué rápido habían pasado los días! Sin embargo . . . ¡Qué mujer diferente es la que viaja en este avión a la del anterior! En lugar de la joven temerosa, la profesora de literatura que se llevaba en las valijas una mentira piadosa y no sabía con exactitud dónde y cómo se desempeñaría, va una mujer con bastante satisfacción de su trabajo y la determinación de concluirlo con la misma responsabilidad con que la había desarrollado. Por sus actitudes, sin embargo, la misma modestia que brota del corazón es la que dirige sus obras y sus palabras. Y en un rincón del alma, apretada por el cerebro, que se obstina en ganar la pulseada contra los sentimientos, una desilusión . . . una gran desilusión de amor.
Al llegar la comida, la anciana sentada a su lado inicia conversación: le cuenta de sus hijos, a uno de los cuales va a visitar en ese momento porque está radicado en Acapulco, de sus nietos y de las gracias que hacen. Que una estudia piano, otro es muy perezoso para la escuela. Desde luego, como toda abuela que se precia de tal, le muestra fotos: una mesa navideña repleta,un nene disfrazado en un acto escolar, una niñita que se ha maquillado con las pinturas que seguramente le sustrajo a la madre . . .
A medianoche, cuando aparecen las imágenes de la película que la aerolínea propone a los insomnes, Carolina  se vuelve a observar a su compañera de viaje y su suave ronquido la hace sonreír. Sonreír y pensar: ¿Se convertiría también ella con l tiempo en una esposa, madre y abuela? ¿Ocuparía n en su billetera más lugar las fotos domingueras que la moneda corriente? ¿Pasaría muchas noches invernales tejiendo para los más variados talles y gustos mientras desde un portarretratos la espiara la mirada de un hombre que había sido el más entrañable compañero de ruta? ¿O sus aliados más corrientes serían las valijas y las diferentes partes del mundo?
Al amanecer, la anciana  deja pasar los primeros rayos de luz por la ventanilla ni bien se asegura de que Carolina está despierta.
_ Disculpáme, pero, como todos los viejos, duermo poco y amo la luz natural: fijáte _ señala hacia un punto _ ¡qué belleza!
Es cierto: como rebotando en un enorme trozo de metal, los rayos matinales agujean el cielo. Después del desayuno y de desearse mutuamente buena suerte, las dos pasajeras abandonan sus asientos y van por el pasillo hasta la búsqueda de su equipaje.
Una vez que encuentra el suyo, Carolina sale del ajetreo hacia el hall, buscando con la mirada a Juancito, pero se lleva una enorme sorpresa: cámaras fotográficas buscan ángulos de su rostro y hay micrófonos, grabadores y celulares que parecen amenazar su integridad facial.
_ ¿Por qué no revelaron antes su identidad?
__ ¡Señorita! ¡Señorita Duprat! ¿Cómo se contactó con Miguel Saberia?
_ ¿Es cierto que era una fanática de él y alcanzó a escabullirse en su camarín en uno de sus recitales para entregarle sus letras?
Ella, con desesperación, sigue buscando aunque no sea a su amigo, a cualquier conocido en México, a la policía si es necesario para salir de allí, donde todos parecen saber algo que ella no.
Por fortuna, cuando ya su pulso se ha enloquecido, las caras que la rodean se le están volviendo borrosas y forman parte de un círculo en movimiento de pesadilla, alcanza a divisar a Juan, allá lejos, usando una camisa amarilla y un aparatoso sombrero de rafia. Ahí está, agitando desesperadamente los brazos como si fuera él quien ha instruido el avión para aterrizar. Le hace señas a unos hombres de considerable corpulencia, quienes, un minuto después, están junto a ella, y abren paso con una habilidad casi milagrosa. Antes de darse cuenta los pies de Carolina no pisan el suelo, y es trasladada hasta la salida e introducida en un coche, al lado de Juan, con los rumores aún resonando:
_ ¿Esa es? Yo me la imaginaba como más grandota, qué sé yo _ comenta una señora mirando hacia el interior del vehículo.
_ Sí, ¿no? Como . . . como más holliwoodense _ responde otra.
_ Pero es argentina, creo.
En cuanto se ponen en marcha, Juan besa y abraza a su amiga al más puro estilo argentino, y sólo de a poco va soltándola, para que se recupere de lo pasado y se prepare para las nuevas que le tiene. Cuando ella está por abrir la boca, él se anticipa:
_ Tomá aire . . . tomá aire . . .
_ Pero . . .¿qué . . . ?
_ ¡Shh ! No hables, y dejáme que te explique, antes de que te dé un soponcio.
Carolina le hace caso y guarda silencio, pero sus ojos interrogan implacablemente.
_Una pequeña imprudencia de Miguel.
_ ¿Cómo que una peque . . .? _ a una señal de Juan, vuelve a apretar los labios y observa un periódico doblado que él le extiende.
_ Mientras vos no estabas, le hicieron una entrevista, le preguntaron por su nueva producción y . . . bueno . . . a él le pareció oportuno nombrarte para que recibieras al menos una parte del reconociendo que merecés.
Carolina trata de usar su oído para captar las palabras de Juan y la vista para descifrar el artículo que acompaña la foto de Miguel sonriente en la sección de espectáculos, pero al parecer su mente no la acompaña en ninguno de los dos sentidos. Apenas puede unir con algo de coherencia frases o palabras sueltas: próxima presentación, temas nuevos - originalidad - argentina- Carolina Duprat.
Aún sigue hablando su amigo cuando ella empieza a tartamudear:
_ Pe- pero . . . ellos  . . .él . . .sabían que yo no - no- quería . . .
_ ¡Ah, mi querida! ¡Cómo me olvidé de advertírtelo! En este negocio, lo que se quiere y lo que no se quiere, va todo por escrito _ dice él, palmeándole la rodilla _ firmado y sellado, mi amor. Se llama contrato. Si se les ocurriera, figuraría la cantidad de veces que ambas partes se permiten respirar. ¿Me creerías que hay estrellas que hace constar cuántos jugos de naranjas deberán recibirán al día?
_ Pero yo no soy una estrella, y de eso se trata _ enrolla el diario y se lo devuelve a Juan con disgusto.
_ Bueno, no lo tomes así. No lo hizo a propósito, se le escapó, le pareció una novedad. Si lo pensás con calma, hasta va a ser buena promoción.
Durante esos segundos, Carolina no le presta atención, sino que mantiene un silencio que le permite atar cabos.
_ ¡Ay! _ Juan la mira _ Si todos esos periodistas lo saben, entonces, quiere decir . . . que en Argentina . . .
_ Y, sí, es posible que en los diarios de hoy ya estén leyendo tu nombre.
_ ¡Dios mío! _la chica se toma la cabeza con las manos.
Juan sigue hablando. A Carolina le parece que habla desde la profundidad de un pozo tan hondo que no lo oye y vuelve a reaccionar:
_ ¡Menos mal!
_ ¿Cómo "menos mal"? ¿No dijiste que querías mantener el anonimato? _reacciona, desconcertado, su compañero.
_ No, no. Me refiero a que es una suerte que les haya contado todo en casa. Aunque ahora no sé para qué les pedí, les supliqué, casi hasta jurando sobre la Biblia, que no se lo contaran a nadie.
Ella suspira profundamente para tranquilizarse y alza la vista. Por primera vez  desde su regreso tiene tiempo de echarle un vistazo a la ciudad.
_ ¿Adónde vamos? _ pregunta, como resignada a que su destino está dejando de pertenecerle.
_ Yo suponía que directamente a casa, porque estarías cansada. Para el almuerzo Miguel te espera en el restorán cercano a la oficina, a manera de bienvenida. ¿Por qué? ¿Querés pasar por algún lado antes?
_ Como no sea por una farmacia . . . Dos agujas se me clavan en las sienes.
_ No te preocupes, en mi departamento hay analgésicos. Es una hermosa mañana: te tomás uno, dormís un rato, te echás un rato a la piscina y quedás como nueva. ¡Ah! Es más: la semana pasada, se mudó un muchacho que hace unos masajes excepcionales.
De repente, Carolina cambia de actitud:
_ ¿Dónde está Miguel ahora?
_ En su departamento, supongo. Es muy temprano para la empresa aún. ¿Por qué?
Carolina se inclina hacia el asiento delantero para decirle al chofer:
_ Al departamento del señor Saberia, por favor.
_ ¿Qué? _ pregunta Juan.
_No te preocupes, en el avión dormí lo suficiente. Primero lo primero. Ya habrá tiempo para almuerzos.
Su cara se ha transformado y, Juan, sospechando sus intenciones, le reitera las disculpas de Miguel.
Sin embargo, los sentimientos de Carolina han ido variando, de la sorpresa en el aeropuerto, a la confusión en el auto, y ,en unos segundos, de la resignación al enojo. Y este último parece ser el que va a gobernar su próxima acción.
_ Caro, Caro . . ._continúa la súplica de Juan _ no te precipites, que te podés arrepentir. Arruinarías una buena relación de trabajo _ se inclina para indicar al chofer_A casa, Alejandro, por favor.
El auto da un giro al llegar a la esquina.
_ ¡Ja! ¿Así que vos también creés que soy así? _ ella da la contraorden _ A casa del señor Saberia.
Giran en sentido contrario.
_ ¿Qué vas a ganar, me querés decir? Ya está hecho.
_ De acuerdo, lo hecho, hecho está. Pero al que lo hizo se lo puede enderezar.
_ ¡Al departamento de la señorita! _ grita esta vez Juan, y la maniobra del vehículo provoca los bocinazos de toda la cuadra _ ¿Enderezar qué? Unas cuantas fotos, algún programa de televisión y listo. En cuanto alguna celebridad se divorcie en este país o en el tuyo, no te molestarán más.
Carolina, visiblemente molesta, encara:
_ "Unas fotos, algún programa . . ." Vos lo decís así, como si fuera tan fácil. No es lo que quiero, Juan. No sería yo. Esa _ señala el periódico _no soy yo. ¿No entendés? _ Vuelve al conductor _ Disculpe, señor, ¿tiene alguna duda sobre la dirección de Miguel Saberia? Porque si es así, se la puedo facilitar.
Esta vez la frenada es violenta y los pasajeros se golpean con el respaldo de los asientos delanteros, volviendo, con el rebote correspondiente, a su ubicación anterior. Las peores consecuencias las ha sufrido el sombrero de Juan, quien, sin darse cuenta del estado calamitoso del mismo, lo rescata y se lo coloca nuevamente. Carolina, con el cabello todo revuelto, se retira algunos mechones del rostro y expulsa otros que se le han introducido en la boca.
El conductor, exhausto, se dirige a la chica:
_No, señorita, sé exactamente a dónde es, pero, respetuosamente, ¿está segura de que es allí a donde vamos?
Carolina mira con irrefutable autoridad a su amigo. Él se encoge de hombros y se recuesta, resignado, en el respaldo.
_ Sí, señor _ responde ella con una sonrisa.
Unos segundos después de emprendida la ruta definitiva, cuando los dos se han calmado mirando por sus respectivas ventanillas, Carolina lo mira y no puede evitar una risita burlona.
_ ¿Y ahora qué?
_ Disculpáme _ continúa ahogándose de risa _ pero ese sombrero te queda espantoso.
Él se ve en el espejo retrovisor y se da cuenta. Después de tanta tensión no puede evitar la carcajada. Se lo saca y lo usa para pegarle a ella:
_ ¡Envidiosa! No soportás que me quede mejor que a vos.


Carolina llega sola al amplio recibidor, porque ha convencido a Juan de que continúe él hasta el departamento, con el equipaje. Por supuesto que él había querido acompañarla con función conciliadora, pero después del lado oscuro que había conocido de su amiga, la insistencia había sido mínima.
Con decisión, se dirige al ascensor. Ninguno de los dos está en la planta baja, así que debe esperar. Cansada, irritada, y con la incomodidad de la ropa de otra estación, empieza a quejarse, sin darse cuenta de que lo está haciendo en voz alta.
_ ¡La pobre Carolina Duprat! ¿A quién le va importar lo que opine? ¿Para qué tomarse la molestia de digitar unos números de larga distancia para consultarla?
Una señora de impecable vestido de diseñador, se coloca frente a los ascensores. Trae en brazos a un perrito, cuyo pelaje de la parte superior de la cabeza han recogido en un moño, lo cual le da el detalle "chick", seguramente indispensable para habitar ese edificio. No cabe duda de que regresa de su habitual paseo matinal. El can de pedigree observa a Carolina con curiosidad y extiende su hocico en busca de alguna identificación. Levanta una oreja cuando la chica se dirige a la puerta de uno de los ascensores, se quita el zapato, y golpea el botón. Ante este comportamiento, la dueña retrocede un poco, asustada.
_ ¡Aparatos estúpidos! _ comenta la chica, sin volver a colocarse el calzado, apoyada con la espalda contra la pared opuesta.
Sólo entonces advierte a la señora y al perrito, que siguen mirándola fijamente.  Su aspecto se refleja en el enorme espejo del hall, así que, para suavizar la situación, sonríe amablemente a la madura dama, que le devuelve la amabilidad, más por miedo que por protocolo. Carolina, que ama los animales, no puede resistir su impulso y se acerca a acariciar al animalito, quien, al principio, olfatea minuciosamente su mano y luego comienza a mover la cola.
Cuando el ascensor llega, mujeres y can lo ocupan. A estas alturas el grado de confianza es tal, que Carolina tiene la mano y la cara completamente lamidas. Suben. La chica averigua el nombre de su juguetón amigo y le dedica mimosos cumplidos. Todo va bien hasta que llegan al piso en que ella debe descender. La señora, que permanecerá hasta pisos superiores, sonríe, mientras Carolina se despide de él:
_ Adiós precioso, adiós bonito . . . Pórtese bien, ¿eh?
Sin embargo, las puertas no se han cerrado todavía cuando escuchan la misma voz, rezongando por el pasillo:
_ ¡Claro! Así es como esperan que me comporte yo: algunos cumplidos por el trabajo hecho y . . . ¡ saltitos de Carolina! Una galletita y . . . ¡ahí va a estar, lamiéndonos la mano!
Humana y animal, se miran. El perro lanza un ladridito nervioso antes de que se cierre la puerta.
Sin percatarse de que sigue rengueando, Carolina continúa con lo que parece más una arenga que una queja.
_ ¡Ja! Ahora pensarán darme unas palmaditas en el lomo y, como a la buena de Lassie, "aquí no ha pasado nada". ¡Pobres de ellos! Claro, lo de afuera engaña . . . Si supieran lo que hice en primer grado, con la gorda que se había tomado la maldita costumbre de arrebatarme la merienda. _  aún transportada a la infancia, toca timbre _Le pedí a ella de buena manera, y no me hizo caso; le comenté a la maestra, y nada . . . Hasta el día que me cansé, y justo cuando extendía la mano con cara de satisfacción, cerré el puño fuerte, fuerte  _ acompaña el relato con los movimientos, tan ensimismada, que no se ha dado cuenta de que el anfitrión ha abierto la puerta y la observa _y le lancé tremendo golpe que quedó tendida en el medio del patio . . .
Aunque Miguel ya había sido advertido por el portero de la visita de Carolina, no puede reprimir  su asombro: allí está ella, con una maraña de cabellos donde parecían haber querido hacer nido unos pájaros, la ropa estrujada por la salida violenta del aeropuerto, un zapato en la mano, sweater (en un clima de treinta y dos grados) y emitiendo palabras ininteligibles.
Pero el asombro es mutuo, porque Carolina, que acababa de "ver" desparramado por el piso el corpulento éxito de su defensa infantil, se encuentra con un hombre envuelto simplemente con una toalla en la cintura, y otra friccionándose el cuero cabelludo, que todavía chorrea agua.
_ Adelante, y bienvenida _ dice él, al tiempo que le hace espacio para entrar.
Ella, incómoda por la situación, advierte que los ojos se le han detenido en los pectorales de él, así que, rápidamente, se niega:
_ Yo . . .no . . . bueno . . .puedo esperar aquí hasta que termines . . .
_ No, no, por favor, no es necesario _insiste _ Entra. Si viniste del aeropuerto aquí debe de ser algo importante. Me tardo unos segundos y estoy contigo.
Ella pasa. Él mira el zapato:
_ ¿Te lo cuelgo en el guardarropas? _ aprovecha para romper el hielo.
Carolina ve que su mano aún sujeta, cual si fuera un arma capaz de salvarle la vida, el maltratado calzado. Se lo coloca y ríe, sintiéndose ridícula.
_ Siéntete como en tu casa.
Miguel va hacia su habitación y alza la voz para seguir hablando:
_ ¿Tu familia? ¿Todo está bien por allá?
_ Sí, sí. Todo perfecto, gracias. _ ella se sienta en el sofá, pero recordando los motivos que la han llevado hasta allí, se arrepiente y se pone de pie.
Da vueltas sin saber qué hacer.
_ Hay café recién hecho. ¿Por qué no te sirves una taza?
Va a la cocina y cuando saca una taza del elegante mueble que tiene unos ganchos decorativos, debe hacer malabares para que no se caiga, pasándosela cual brasa ardiente de una mano a la otra, así que, respira aliviada y la coloca nuevamente en su lugar.
_ No, gracias. Desayuné en el avión.
Después de todo, está enojada . . .estaba . . .Está, está. Se mira en espejo del living y practica la cara de enojo. ¡Eso! ¿Qué había pasado? ¡Si ella venía decidida a entrar gritando! Bueno, tal vez gritando no: su madre le había enseñado que, cualquiera fuera la situación, eso no era de damas. Pero al menos hablando firmemente : "¡Y yo, la muy tonta, le sonrío!", le dice a la imagen del espejo. "¿Por qué? ¿Por unos bíceps húmedos, nada más? ¡Los he visto mejores! ¡Mucho mejores!"
_ ¿Decías algo? _ la sorprende la voz de Miguel, que se oye proveniente del dormitorio.
_No, nada, nada _ "¡Por Dios!" piensa "Va a creer que estoy loca".
Suena el timbre de la puerta.
_  Carolina, por favor, ¿serías tan amable de atender?
A ella le resulta extraño que no haya sonado antes el portero eléctrico. Miguel parece adivinarle el pensamiento, porque grita.
_ No te preocupes: si el portero no lo detuvo, debe de ser alguien conocido. Apuesto a que es Walter.
Y así es. Walter, atendido por la chica, disimula su gesto de sorpresa diplomáticamente (en su profesión es un arte de vida o muerte) con un fuerte apretón de manos.
_ ¡Bienvenida, bienvenida! ¿Qué tal el viaje?
La puerta aún está abierta cuando aparece Miguel, prendiéndose la camisa.
_ Sabía que eras tú.
_ ¡Buen día! _ saluda Walter, con una mirada pícara que sólo alcanza a ver su amigo.
_ Bueno . . .yo mejor me voy _ se apresura a anunciar Carolina.
_ Pero . . . _ balbucea Miguel.
_ No, no, no te preocupes. No es tan urgente. Podemos hablar en el almuerzo. Mejor, porque . . ._ quiere echar mano del picaporte pero no lo encuentra, hasta que se da cuenta de que en ese espacio sólo hay aire _ estoy muy cansada. Hasta luego.
Miguel no alcanza a articular palabra, pues la chica ya ha cerrado la puerta.
Walter sigue sonriendo.
_ Te prohíbo . . . _empieza su amigo.
_ ¿Yo dije algo? _pregunta el otro, con fingida cara de inocencia, arrojándose en el sofá.
_ ¡De verdad! ¡Nada sucedió! ¡Bien sabes que su avión arribó esta mañana! _porfía el cantante.
_ Repito: ¿yo hice alguna insinuación? Así que no me retes. Y si vas a la cocina por café, ¿me traes uno?
Walter no se queda muy convencido de la reacción de su amigo. Sabe exactamente lo que está pensando, pero como en ello no puede censurarlo, se conforma con un resoplido y toma la cafetera.
_ ¡Ah! ¡Miguel!
_ ¿Sí? _ el dueño de casa se asoma nuevamente al living.
_ El cierre de tu pantalón está bajo.





martes, 2 de agosto de 2016

Capítulo XLII


Mañana fría de martes. Por las huellas en el pasto, deduzco que anoche heló. ¿Leemos?

 Capítulo XLII

En el micro de regreso, Carolina va pensando cómo encarará el diálogo con Ricardo. A diferencia del viaje de ida a la casa de sus padres, no tiene con quién practicar, como lo había hecho con Marta. No piensa empezar con reproches, pues entiende que el arreglo será posible sólo en base a la confianza mutua. Más aún, porque ella debe volver a irse. ¿Cómo encarar una nueva separación sin la seguridad en la fidelidad del otro, sin la preocupación de fiestas fastuosas ni compañeras de trabajo demasiado cariñosas?
Al llegar al departamento, Kitty finge indiferencia, como cada vez que su dueña la deja por varios días, a pesar de que esta vez han sido menos que la anterior. Carolina la acaricia y le habla con suavidad, pero sabe que tendrá que soportar su actitud histriónica al menos, por unas veinticuatro horas, que es el castigo que su mascota le impone por "abandonarla", para que no crea que es una de esas que uno toma y suelta cuando se le da la gana.
Enseguida va hacia el teléfono y llama al departamento de Ricardo, pero la voz que le responde es la del contestador, así que no deja mensaje y llama al hospital. Él habla con alegría y le explica que le faltan dos horas. Ni un minuto después estará con ella.
Carolina aprovecha a desempacar y  a hablar con algunos amigos y compañeros de trabajo que esperan ansiosamente sus noticias.
Cumplido su turno, Ricardo se despide muy sonriente en mesa de entradas. Sandra lo ve y no pierde la oportunidad:
_ ¡Qué contento que estás!
_ La perspectiva del descanso siempre es causa de alegría_ responde el doctor, cautamente, pues hace tiempo que tiene decidido no compartir nada de su vida personal con ella.
Él se retira, y aún no se le ha borrado la sonrisa cuando espera el ascensor.
Julio ha alcanzado a oír la breve conversación, y como conoce a Sandra, le parece conveniente, por el bien de su amigo y para desalentar a la colega, hacer una inocente observación.
_ El amor, el amor . . . nos pone una sonrisa en los labios y alas en los pies.
_ ¿Desde cuándo sos romántico, vos? _ responde intempestivamente ella, entendiendo inmediatamente la situación.
Él no se da por vencido y aprovecha para la ironía:
_ ¡Epa! ¡Cómo estamos hoy! _ levanta el vaso de café que tiene en la mano y le aconseja_ ¿No se te ocurrió probar el descafeinado?
El odio de Sandra se nota en sus manos crispadas, pero ese es un sentimiento que nunca le ha impedido actuar. Quizás por costumbre. Es más, hasta puede haberse convertido, desde donde no recuerda cuando, en su principal motor.
Toma un poco de aire y piensa. No tiene mucho tiempo y no puede permitirse el lujo de un paso en falso. El plan de la "amiga que está ahí cada vez que la necesiten", ha fallado, así que ahora tiene que usar artillería pesada y precisa. Las filas estratégicas se alinean y desalinean en su mente, hasta que marcan la figura más conveniente y con más probabilidades de acierto.
Empieza por telefonear a una amiga, de esas que hacen lo que se les pide sin preguntar y reciben lo mismo a cambio. Le pide que haga dos llamadas: la primera, a Carolina (cuyo número había conseguido furtivamente de la agenda de Ricardo, como si una premonición le hubiera avisado que llegaría el día en que le sería útil), haciéndose pasar por una empleada administrativa del hospital diciendo el doctor ha solicitado que le adviertan que llegará más tarde porque ha surgido una emergencia y no pueden prescindir de sus servicios; la segunda, al celular de ella.
El segundo paso es dejar "descuidadamente" su celular en mesa de entradas. Tres minutos después, este suena, y ahí el mecanismo empieza a activarse.
La secretaria de mesa de entradas mira el celular y, en forma desconcertada, recorre con la mirada todo el personal que alcanza en perspectiva estirando el cuello.
Sandra corre:
_ Es el mío, es el mío. ¡Qué distraída, ni sabía dónde lo había dejado!
   La empleada se lo entrega con una sonrisa, que va borrándose y mostrando preocupación, al tiempo que escucha sin querer las palabras y el rostro poco alentador de la única interlocutora que está a su alcance.
 _ ¿Cómo? . . . Pero . . . ¿Estás segura? Bueno, bueno . . . quedáte tranquila, mamá. Todo va a pasar. Pero . . . ¿por qué no lo trajeron acá? . . . ¡Ah, claro, estaba más cerca del lugar del accidente!
   Tal es la descompostura de las facciones con que mira a la empleada, que esta  suspende sus tareas, con la lapicera inmovilizada y un archivo abierto, profundamente compadecida.
  _ ¿No estarás sola, no? ¡Ah, está tía Marga, bueno! Yo voy en cuanto pueda. Pero no llores, no llores, que sos una mujer fuerte. Un beso grande, grande _ termina con la voz entrecortada.
   Sabe que la empleada va a querer enterarse del problema; es más: contaba con ello.
   Casi en un sollozo une las frases: "mi papá en un accidente", "mi mamá no iba en el auto", "desesperada", "tengo dos horas más de trabajo", con el arte de una telenovela.
   Por supuesto, la sugerencia, casi imperativa, no se hace esperar:
  _ Pero doctora, en un caso así . . . Es más: ¿de qué le vale quedarse? No va a poder concentrarse, y en su profesión un error puede ser peligrosísimo.
 _ ¿Le parece? Pero el director va a pensar . . .
 _ ¡Doctora! ¡El director es humano! Seguramente va a comprender.
 _ Es que . . . No sé . . .
   Y al fin oye las palabras mágicas, cuando la empleada le toma la mano que está sobre el escritorio:
 _No se hable más: usted se va a acompañar a su mamá y yo me ocupo de avisarle al director.
 _ ¡No sabe cuánto se lo agradezco! Va a llegar el día en que le devuelva el favor.
_ ¡Vamos, vamos, no hable más que pierde tiempo!
 A unos metros, mientras conversa con los familiares de un paciente, Julio alcanza a observar la cara de preocupación de la empleada. No la de Sandra, pues ella le da la espalda, pero la ve salir apresuradamente. La curiosidad y un sexto sentido (no femenino, sino producto inconsciente de la relación mental que conecta el reencuentro de Carolina y Ricardo con el guardapolvo de Sandra desapareciendo raudamente) lo llevan a cuestionar:
 _Perdón, Alicia, pero no pude evitar ver a la doctora muy alterada.
_ Sí, pobre. No sabe . . . el papá tuvo un accidente automovilístico y la madre llamó. No quería retirarse, pero yo insistí. ¿Le parece que hice mal?
  Julio no contesta, trabajando en su memoria sobre comentarios aislados que le ha hecho Sandra.
_ Doctor _ repite la mujer _ ¿Hice mal?
Julio sabe que nada logrará con crearle una sensación de culpa a alguien que, llevada por los buenos sentimientos, cayó, involuntariamente, en una red que él no alcanza a descifrar.
_ No, Alicia, no se preocupe. La compasión no es una falta al reglamento.
Sus pensamientos se ven interrumpidos por una camilla que entra intempestivamente y un enfermero que grita:
_ ¡Herido de bala en un asalto!
 Julio corre para revisar los signos vitales y tiene que abandonar las aseveraciones que lo habían ocupado: el padre de Sandra las había abandonado cuando tenía cuatro años, y su madre estaba en una institución geriátrica.
La primera escala de Sandra es su departamento, donde escoge la mejor lencería que tiene, se la pone, echa una breve mirada al espejo con una sonrisa y encima se viste con ropa casual. Toma dos copas de la cocina y las guarda en su bolso, con el que sale. La segunda, el negocio de la esquina. Allí escoge una botella de champán y la coloca en el mismo bolso. De ahí, su destino final: el departamento de Ricardo. El joven, extrañado ya por la tardanza de su novia, piensa que es ella, así que se lleva una sorpresa cuando abre la puerta y ve la figura de una mujer llorosa, que lleva algo bajo el hombro y, antes de dejarlo reaccionar, se le echa en los brazos:
_ ¡Qué suerte que estás acá! Supuse que estarías en casa de Carolina, pero vine igual, con la esperanza . . . y no me equivoqué.
Ricardo no le pone una mano encima, confundido y desconfiado. Ni siquiera la invita a pasar. Sin embargo, ella lo suelta y continúa con su papel de pobre afligida, y a eso le agrega una expresión de vergüenza:
_ Disculpáme, disculpáme, por favor. Mirá cómo te estoy dejando la camisa _ le frota un pañuelo en el pecho _ Ya sé que vos no querés una relación personal, pero no tenía a quién recurrir.
Con la boca abierta, él no sabe cómo actuar:
_ Bueno . . . _  la toma por los hombros _ Calmáte, primero que nada, calmáte.
_ Tenés razón. Debo de tener un aspecto terrible. _ se enjuga las lágrimas - No, no, mejor me voy. Lo único que te pido es pasar unos minutos al baño. Me arreglo un poco y me voy.
_ Claro, claro _  él se hace un lado, le deja el paso y cierra la puerta.
Una vez que ella entra, le pregunta a través de la puerta:
_ ¿Estás segura de que estás bien? ¿No querés aunque sea un calmante suave? ¿Llamo a alguna amiga para que venga a buscarte?
_No, no. Estoy bien.
El timbre suena de nuevo y Ricardo abre. Abraza y levanta en el aire a Carolina. Tal es su alegría que no le sale una palabra. Ni siquiera recuerda que hay alguien más en el departamento y que ese alguien acaba de abrir la puerta del baño. Él no la ve, porque está de espaldas, pero Carolina, sí.
Sandra, cuyas formas se distinguen muy bien bajo transparencias negras, sostiene dos copas y una botella:
_ Querido, siempre sos vos el que la abre. ¿O para que están esos brazos fuertes? Yo intentaría, pero no creo que pueda. Tengo otras habilidades . . .vos las conocés . . . 

  

lunes, 1 de agosto de 2016

Capítulo XLI


Fin de las vacaciones escolares: otra vez las mochilas, guardapolvos y uniformes invaden las calles. ¡Qué ganas de seguir durmiendo, con tanto frío y el sol que no salió! Pero también el reencuentro y contarse todo lo que se hizo estos quince días. ¡Fuerza para la segunda mitad!
Capítulo XLI

Dos días después, Carolina acompaña a Marta a la terminal de micros, ya que ésta debe regresar a su trabajo. A pesar del tiempo pasado juntas, aún les quedan cosas para conversar.  En una han quedado de acuerdo: debe avisarle a Ricardo que ya ha llegado y que se quedará con sus padres el resto de la semana, para luego regresar al departamento y se encontrarse. Además, ahora tienen un tema nuevo, ya que, Carolina, "casualmente", hizo que se reencontrara con su primo soltero, por quien Marta había sentido algunas cosquillas cuando eran adolescentes. No se veían desde esa época y a Carolina le pareció una buena idea ausentarse un momento de la sala. Resultado: habían intercambiado teléfonos por si él "tenía que ir por algo a la ciudad y se le ocurría pasar a saludarla". Carolina cree que ha podido engañarla, pero las últimas palabras que escucha por la ventanilla son:
_ Y no creas que no sé que trabajaste de Celestina.
Antes de regresar a su casa, Carolina  usa su celular para hablar con Ricardo, ya que prefiere asegurarse privacidad. Su familia no lo hacía con mala intención, pero sabía que, más de una vez, no por entrometerse, sino por ayudar, alguna oreja perdida oía a medias e interpretaba a cuartas, lo que causaba preocupaciones innecesarias.
Ricardo, ansioso, no entiende por qué debe esperar. Él hubiera querido abrazarla en ese mismo momento y que todos los amargos malentendidos volaran al pasado lo más rápido posible, pero Carolina se mantiene calmada y firme. Ya el apresuramiento la ha llevado a angustias y preocupaciones antes: no quiere que le suceda otra vez, aunque la voz de su novio le hace latir aceleradamente el corazón. Finalmente el muchacho transige, entendiendo que presionarla no dará resultados favorables.
Los días restantes de la semana pasan volando, entre las comidas favoritas de Carolina que su madre siempre aprovecha a preparar como una forma de mimarla cuando está en su casa,  las visitas a sus amigas de la niñez, y, los juegos con su sobrino.
A su madre le extraña que haya telefoneado a Juan, que está tan lejos, para darle noticias de su estadía en Argentina, y que, en cambio, no se le haya caído de los labios ni una sola vez ningún "Ricardo". Al principio, teniendo fresca la conversación de aquella noche de desvelo, teme entrometerse en la vida de esa "mujer adulta", aunque le parece que hace poco le ha cambiado los pañales. Poco tiempo y mucho sacrificio le dura este temor. Una hermosa mañana de sol, mientras se ocupan de las plantas, suelta, de la manera más diplomática posible:
_ Y el corazón . . . ¿cómo anda?
A la improvisada jardinera no la toma por asalto la pregunta. Conoce a su madre y, aun más, le extraña que haya podido contenerse tanto.
_ Bueno, mamá, vos sabés . . .con todas estas cosas nuevas que me están pasando, no tuve mucho tiempo de pensar.
__ ¿Pensar? ¿Pensar qué? ¡Ay, a tu generación sí que no la entiendo! Que no se casan porque no saben si van a quererse para siempre . . . que se aman pero no se llevan bien . . .que estaban muy enamorados pero "las cosas no funcionaron" . . . que se separan un tiempo para pensar porque están confundidos, que de repente se despertaron y "se había acabado el amor" o "se encontraron con que estaban casados con un desconocido" o  . . .eso de que no tienen de qué hablar cuando ya no están los hijos . . .eso de . . .
_ Se llama "síndrome del nido vacío", mamá _le aclara Carolina riendo en su interior.
_ ¡Ja! Las cosas que inventan con nombres raros. ¿Cómo no vamos a tener de qué hablar? Contando las veces que tengo que recordarle a tu padre que no raye el piso y que baje el volumen de la radio porque está el partido a todo volumen, y las que él me pregunta dónde están las cosas, ya tenemos, por lo menos, cinco horas al día, sin contar todo lo demás.
_ Eran otros tiempos, mamá. También a veces, las mujeres, con tal de no llevar el estigma de ser separadas, ¡soportaban cada cosa!
_ Algunas, pero no todas. Yo lo que digo es que no éramos tan complicados. Con tu padre, si había alguna diferencia, discutíamos hasta el cansancio: a veces se llegaba a un acuerdo, otras cedía uno, otras, el otro. El problema de ahora es que nadie quiere eso: ceder ni tolerar.
_ Sí, pero tiene que ser de ambos lados.
_ ¿Cómo?
_ Claro, si siempre el que cede es el mismo, no es justo, y, a la larga o a la corta, termina cansándose.
_ Eso es cierto. Pero hay que hablarlo antes, cuando uno se va conociendo.
_ ¿Y es que alguna vez uno termina de conocer al otro?
La madre suspende las tijeras en el aire y la mira, pensativa.
_ No del todo, no del todo. Pero a veces, si se está muy enamorado, no se ven errores muy graves, mejor dicho, no se quieren ver, y después . . . ya es tarde. Por eso yo nunca te eduqué con la esperanza del príncipe azul. Quise que fueras independiente y que no basaras tu vida en el hombre ideal que viniera a rescatarte para darte una vida de ensueño. El hombre ideal no existe. Lo que existe es el hombre adecuado para una. Yo tuve suerte, y lo encontré, y los años de casada que llevo, no los he cargado por costumbre, sino porque lo sigo queriendo y nos cuidamos mutuamente. Ése es el verdadero amor, y no el de los cuentos de hadas. El encantamiento, la atracción física, la nube en que se va flotando, desaparecen cuando la realidad te presenta el primer inconveniente. Lo otro es la verdadera prueba: la educación de los hijos, el estar juntos en la enfermedad, y el deseo de compartir una charla aunque una esté con ruleros y al otro se le vaya cayendo el pelo.
Se han ido tanto por las ramas que Carolina piensa que no tendrá que pasar por la Inquisición. Sin embargo, ella también tiene fresca la conversación de aquella noche y su conciencia le dice que tiene que concederle algunos puntos a su madre.
_ Y… a Ricardo esta separación le afectó bastante, y yo viví tantas cosas que . . . no sé.
Por más que trata de ser sincera, no se atreve a contarle los confusos episodios que le habían dolido tanto, para no preocuparla.
_ ¿Qué pasó? ¿Se pelearon?
_No.
_ Es que como no lo viste antes de venir a casa, ni lo llamaste en estos días . . .
_ ¿Cómo sabés que no lo llamé?
La madre se ríe porque sabe que ha sido atrapada.
_ Bueno, no que yo sepa.
_ Sí, lo llamé. Pero vamos a vernos cuando yo regrese.
 _ Es que . . . ¿se ofendió porque no le dijiste la verdad de por qué te ibas?
Desgraciadamente tenía que seguir mintiendo ¿cómo explicarle que alguien lo había sabido antes que ella?
_No, no es eso _se limitó a contestar
_ Entonces . . .¿conociste alguien en México?
_ ¡Pero, mamá! ¿Cómo se te ocurre?
_ Bueno, yo confío en vos y sé que serías incapaz de dejarte llevar  a actos que pudieran lastimar a Ricardo, o a cualquier persona que te quiere. Pero eso no te hace inmune a sentir algo, aunque luego decidas reprimirlo.
_ No, mamá. Te aseguro que la relación más cercana que hice fue con un amigo.
_ ¿Nada más que amigo?
_ Sí, mamá. Y te aseguro que no existió la más mínima posibilidad de que fuera algo más.
_ Eso no quiere decir nada. Yo fui amiga de tu padre muchos años antes de convertirnos en algo más.
_ Creéme: no va a ser nunca algo más.
_ ¿Y a Ricardo no le habrá pasado algo?
_ Puede ser, mamá. Por eso es que necesitamos tiempo y que vamos a conversar cuando estemos preparados.
_"¡Cuando estemos preparados! ¡Cuando estemos preparados!" No, si es como yo digo, que son complicados. ¿No es mejor preguntarse si se quieren o no? Y si se aman de veras:
¡Para adelante y nada más!
_ ¡Mamá, no empecemos otra vez!
_ Está bien, pero al menos aceptáme un consejo: Yo sé que lo que te está pasando ahora es fascinante y que podés llegar más lejos todavía. Es muy lindo tener una carrera y sentirse realizada. Precisamente, como te dije, por eso te eduqué así. Pero dentro de unos cuantos años, aunque tengas fama, no te falte nada económicamente, o hayas viajado por todo el mundo . . . al girar la llave y abrir una puerta detrás de la cual no hay nadie a quien contarle cómo te fue, vas a preguntarte si hiciste todo lo posible por conservar a quien querías. Y cuando te acuestes, no bastarán las colchas costosas ni las sábanas suaves para abrigarte.