domingo, 15 de noviembre de 2015

¡Gracias, gracias, mil gracias! A los que asistieron a la presentación de " Historias de paz. ¿Quién dijo que todo está perdido?" en mi ciudad. Amigos, familia, maestras de mi paso por el primario, profesoras de mi carrera del profesorado, compañeros de trabajo, ex- alumnos, colegas escritores  ... ¡cuánta gente querida!
Muchos halagos (más de los que merezco) y un cierre de lujo: el coro, que llenó, no sólo los oídos, sino el corazón de los asistentes.
Qué bueno no ser rica y poder darse estos "lujos".
Bueno, con el alma mimada, aquí vamos con el capítulo de este domingo.Es el 13: ¿No serán supersticiosos, no? ¡Ja, ja!

Capítulo XIII

Unas horas más tarde, Nélida está en su escritorio, contestando cartas de las admiradoras de Miguel, mientras los demás trabajan en el estudio. Suena el teléfono y atiende. Es una voz de mujer que pregunta por Néstor. Y no es loa voz de Alicia. Cuando Nélida le dice que está ocupado y se ofrece a anotar un mensaje, la interlocutora le dice:
_Sólo dígale que llamó Alejandra.
_¿Su apellido?
_No será necesario. Él sabrá.
Después de despedirse, Nélida empieza a sospechar. Como toda mujer que se relaciona con un hombre casado y acostumbrado a la mentira, sabe que sólo es cuestión de tiempo para que ella se transforme en la engañada. Tarde o temprano aparecerá la "otra" de la "otra".
Media hora más tarde, todos comienzan a retirarse. Ella espera ansiosamente ver entre esas caras, la de Néstor. Sin embargo, mientras los demás van cruzando el pasillo, trata de tranquilizarse. Sabe que si muestra sus celos, sólo logrará una mentira o una frase de rechazo. Tratará de usar un tono natural y sacará conclusiones  de la expresión que vea en él. Aparentará una actitud ingenua o hasta abierta.
Finalmente, observa un rostro sonriente que conoce muy bien. Néstor está satisfecho con esa jornada. Habla animadamente con los otros músicos.
Cuando saluda a Nélida ella lo llama discretamente con un gesto. Le dice naturalmente:
_Te llamó una mujer. No quiso dejar mensaje. Sólo dejó su nombre. _ hace una pausa para observar si él completa la frase, pero como sólo levanta las cejas, continúa _ Alejandra.
Néstor está un poco turbado, pero disimula y como sabe que siempre está bajo sospecha, aunque ella no lo demuestre, inventa una explicación:
_¡Ah! ¡Sí! Es Alejandra Reyes . . . ¿No la conoces? Trabaja en el piso de abajo. La consulté porque podría ayudarnos en algo . . .
Miguel lo llama, así que debe despedirse apresuradamente. No le da tiempo a ella de sugerir un encuentro fugaz esa noche. Por si quedaran  dudas, él dice:
_ Nos vemos mañana.
Diez minutos después de que un ascensor lleva a los músicos, el ascensor de al lado abre sus puertas y despide a una joven delgada y pelirroja. Muy sonriente, se dirige a Nélida:
_Buenas noches . . . ¿El señor Néstor Barrios?
Nélida, que estaba con la vista baja, deseando terminar de leer una carta para poder irse, observa a la mujer de físico llamativo y boca sensual. La reconoce. La ha cruzado varias veces en el vestíbulo del edificio y recuerda también cómo la miran los hombres de las diferentes oficinas.
Cuando alza la cabeza, la chica la reconoce y la saluda con familiaridad:
_¡Ah! ¿Cómo estás?
Su tono de voz es agudo y sus maneras revelan una personalidad superficial. Apoya las manos  en el escritorio  y se balancea, jugando con el taco de uno de sus zapatos, que gira en el piso.
Nélida sigue observándola, admitiendo que tiene diez años menos que ella y reconoce la voz que oyó en el teléfono.
_Bien, gracias . . . ¿Y tú? _ contesta con una sonrisa falsa.
_Muy bien, gracias. Creo que hablé contigo hace un rato.
_Sí, era yo. Le di tu mensaje al señor Barrios, pero no me dio ninguna respuesta, si es eso lo que vienes a buscar.
_¿Respuesta?
_Sí. Respuesta . . . a cerca de los negocios que están tratando . . .
_¿Respuesta de negocios? _ pregunta la muchacha, extrañada _¡No! Yo no vengo por nada de trabajo. Venía a buscarlo a él.
Soltando una risa tonta, Alejandra, que no conoce la relación entre Néstor y Nélida, no puede imaginar el efecto que sus palabras tienen en quien la escucha. El rictus de  Nélida se endurece, pero disimula y, con el mejor ánimo que puede, le dice:
_El señor Barrios acaba de retirarse.
_Ah, bueno. _la joven sacude el cabello, algo contrariada, pero luego agrega, conforme _ Lo veré esta noche, entonces.
Alejandra hace ademán de irse, pero Nélida se apresura a decirle:
_No lo creo, querida. No volverá hasta mañana. Tiene mucho trabajo en su casa.
_No importa _ le contesta naturalmente, caminando hacia el ascensor _ Seguramente me llamará.
Ante la boca abierta de Nélida, Alejandra sonríe y agita la mano desde el ascensor. Con una mueca y casi sin darse cuenta, Nélida también mueve en el aire los dedos de la mano derecha devolviendo el saludo superficial.
Unos minutos después, Nélida está paseando por el parque, donde había ido con Néstor. La atormentan la soledad, la tristeza y la sospecha. Trata de encontrar una razón para no pensar que la engaña, pero no puede. Desde que lo había conocido, había sabido que era casado; desde su primera conversación con él, se había dado cuenta de que no era de confiar. Sabía que no gozaba de buena reputación, que Walter no lo soportaba y que Miguel estaba cansado de sus incumplimientos. Sin embargo, no había podido resistirse a sus invitaciones. Es que . . . ¡ eran tan parecidos! Ambiciosos, oportunistas, desprejuiciados e inescrupulosos. Ambos sabían que habían llegado a un lugar privilegiado y que, planificando bien sus pasos, podrían beneficiarse. En el año que llevaban viéndose a escondidas en el apartamento de ella, en confiterías lejanas o en alguna oficina vacía cuando todos se habían ido, siempre había guardado la esperanza de dejar de ser "la otra", a pesar de que él le había dejado bien en claro que nunca dejaría a su esposa porque gracias a ella conservaba el lugar que tenía en la empresa. Con su última idea, creía que había encontrado la solución. Quizás Néstor usara esas poesías para comenzar, pero luego se inspiraría y volvería  y volvería a componer como antes, especialmente si dejaba el alcohol. Si su  material era bueno, ya no dependería de Miguel, podría escribir para otros cantantes, lo buscarían, sería famoso . . . y estaría con ella, no con Alicia . . .¡Con ella! Eternamente agradecido por su ayuda. Y la llevaría a todos lados, y le comentaría a todo el mundo lo maravillosa mujer que era, y cómo lo había apoyado en su carrera, sacando lo mejor de él a la luz . . .
Había soñado demasiado. Cuando llegó a este punto su imaginación, la realidad le da una sacudida. Al tiempo que se sienta en un banco, la imagen de Alejandra, su desparpajo y su peligrosa juventud, se le dibujan en la mente, y sus palabras tan seguras, tan despreocupadas, la llenan de envidia: "Seguramente me llamará". En todo este tiempo, ella jamás hubiera podido decir "seguramente". Siempre era: "Si Miguel no me demora trabajando", "Si no hay nadie en la oficina", "Si Néstor puede darle una excusa a Alicia" . . .   
Llegada a este punto en sus reflexiones, Nélida pone la cara entre las manos y solloza, sin mirar a su alrededor. No se ha dado cuenta de que una mujer de unos setenta años, canosa, sentada en el banco del frente, hace unos minutos la observa. Ha dejado su libro abandonado sobre las rodillas  y tiene los anteojos en las manos. Espera unos segundos  y se acerca lentamente a Nélida, dirigiéndole un suave:
_Disculpe . . .
Nélida no escucha, así que la mujer roza su hombro.
_Perdone, señorita, no quiero parecer entrometida . . .
Nélida está tan abstraída que se sobresalta y le dirige una mirada. No le contesta, sólo la mira. La ve a través de una cortina de lágrimas, como una imagen borrosa.
_No quiero parecer curiosa, pero la vi tan angustiada, y . . . como yo también he andado triste por varios rincones . . .
Como ella sigue muda, la mujer señala el lugar junto a Nélida y solicita:
_¿Puedo . . .? No hable si no quiere. Sólo me quedaré aquí para que no se sienta tan sola.
Nélida asiente con la cabeza.
_¿En su casa no tiene con quién llorar, verdad?
Nélida niega.
_A mí me pasaba lo mismo. Cuando murió mi marido, mi hijo estaba viviendo en Europa. Una hermana mía se quedó conmigo un tiempo, pero luego debió regresar con su esposo y sus hijos, así que me quedé sola. Y venía aquí para recordar y, a veces, también a llorar. Ya pasaron dos años. El año pasado vino mi hijo con su esposa y mis dos nietos. Los traje aquí a jugar. Cuando tuvieron que regresar a España, seguí viniendo a la plaza, pero lloraba cada vez menos. Ahora vengo a leer. Y estoy pensando en tener un perro. Para tener alguien para traer a pasear . . .
La mujer mira a Nélida, que ha dejado de  llorar, aunque sigue con el pañuelo apretado en la mano crispada.
_¿Le molesta mi conversación? ¡Perdóneme! ¡Soy una vieja tonta! Si no me detienen, sigo hablando, y hablando . . . Es que cuando llego a mi apartamento, sólo puedo hablarle a mis plantas. Y no quiero hablarles más de lo necesario. Está bien que ya esté vieja . . . pero . . . además . . . ¿loca? ¡No!
Observa atentamente su rostro y le dice:
_¿Prefiere que la deje sola?
Al fin Nélida despega los labios. Piensa que la reconfortará escuchar una historia ajena, que la alejará de sus sombríos laberintos mentales. Además, a ella también la espera un apartamento vacío.
_No, quédese.
Con una voz agradable, la mujer le habla pausadamente. Le cuenta de los primeros años con su marido, el nacimiento de su hijo, la prosperidad de su carrera, la partida a España, las esperadas llamadas telefónicas, casi una vez a la semana. Le señala los juegos bajo la luz moribunda del amanecer y ríe al recordar la visita de sus nietos.
Nélida la escucha, pero sus palabras le llegan como en un sueño. Mira el parque y se imagina cuidando a un hijo que corre de un juego a otro. Un hijo . . .¿Cuándo? ¿De quién? ¿De Néstor? Imposible. Jamás podría hacerse cargo de alguien más que de su propia persona. A menos que . . . sólo lo utilizara para tener el hijo. Luego podría ocuparse ella sola de todo. Después de todo, nunca había contado con la ayuda de él para nada.
La mujer, diplomáticamente, ha cambiado de tema. Empieza a hablar de esa desconocida que no ha pronunciado palabra.
_Cuando la vi aquí sentada, recordaba su cara. Ahora sé de dónde la recuerdo. De aquí mismo, de este parque. Usted estaba con un hombre alto, apuesto, hablando . . .
Nélida la mira a los ojos y la mujer trata de interpretar esa mirada, deducir si esos destellos verdosos, aún húmedos, piden silencio, o invitan a continuar. Cree ver lo segundo, así que continúa:
_Pero estaba llorando, también . . .
Nélida asiente con la cabeza y su mirada se pone aún más triste. La mujer, enternecida, le coloca la mano en la barbilla y levanta su rostro para hablarle sinceramente, como si ella misma pudiera sentir su dolor.
_¡Señorita! ¡Es muy joven todavía para derramar tantas lágrimas!
Nélida, que está pensando en Alejandra, rompe su silencio:
_No, no soy tan joven.
La mujer se asombra:
_¿Usted? ¿Qué tendría que decir yo entonces?
Nélida acompaña a la mujer en su risa contagiosa. Ahora su interlocutora considera que el clima está  más propicio para adentrarse en la intimidad del problema.
_¿Es él? ¿Es él quien le ha hecho daño? ¿Es por él que está tan preocupada? ¿Riñeron otra vez, como el otro día que estuvieron aquí?
_No, no peleamos. Es que siempre está ocupado y no podemos vernos.
_¿No es un hombre libre, entonces?
_No. Además, ahora creo que ha aparecido otra mujer.
_¿Cree? ¿No lo sabe con seguridad?
_No. Pero estoy casi segura.
_Entonces, quizás esté sufriendo sin motivo. ¡Averigüe, asegúrese, pregúntele frente a frente!   
_¿Y si es cierto?
_¿Lo quiere mucho?
_Mucho.
_Entonces, decídase: pelee por él hasta que deje a la otra, o abandónelo usted. Si él decide quedarse a su lado, reconcíliense y sean felices. Si no . . . déjelo y llore cuanto sea necesario, pero por última vez.
Nélida la mira profundamente, estudiando las opciones que ella nunca había tenido el valor de ver. Escucha lo que teme:
_De lo contrario, le esperan muchas tardes en este parque.
Nélida reacciona y se para, estrujando el pañuelo.
_Tiene razón, señora.
Le toma la mano y le sonríe. Luego comienza a caminar a grandes pasos hasta que la mujer, apresurándose, la alcanza.
_¡Señorita! ¡Señorita! ¡Espere! ¿Adónde va?
_No se preocupe.
_Sí, sí me preocupo. Todavía no está lo suficientemente tranquila como para tomar una decisión. ¡No vaya a cometer una tontería!
_Al contrario. Voy a seguir sus consejos. No se imagina cuánto me ha ayudado. Voy a hacer lo mejor.
La mujer la deja irse después de recibir, sorprendida, un beso en la mejilla, y la mira alejarse. Después de unos segundos, vuelve a su banco y a su libro, sin poder apartar de su mente el dolor de la joven.
Nélida, con la celeridad que le imprimen sus pensamientos, cruza la plaza y la calle. Llega a un teléfono público y marca el número de Néstor. Lidia le dice que el señor está tomando una ducha. Cuelga y espera unos minutos, nerviosa, caminando por la acera. Vuelve a llamar. Esta vez atiende él. Ella le ruega que se vean esa misma noche. Él pretexta lo mismo que en almuerzo: que debe trabajar y que quiere contestar personalmente la llamada de su mujer. Nélida le promete no molestarlo más y cuelga.  Se queda  un momento más en la vereda y contiene sus deseos de volver a llorar.
Nélida va a su apartamento y, cansada, arroja inmediatamente los zapatos. Ha hecho el recorrido caminando, para aclarar sus ideas. Ahora se siente más tranquila. Busca una copa de vino en la cocina y se prepara un baño de inmersión. Media hora más tarde, en bata de baño, toma el teléfono y llama a  Néstor. Ya que no puede estar con él, tratará de sentirse acompañada con su voz. Le demostrará que lo necesita, que piensa en él, que la otra no podrá cuidarlo como ella lo hace, que no podrá ser tan considerada, tan amable, tan comprensiva como ella.
Para su sorpresa, oye el contestador. Las preguntas corren en su mente: ¿Cómo? No había aceptado la idea cuando ella se lo sugirió para que estuvieran juntos. ¿No quería contestar la llamada de su esposa para representar el papel de marido fiel?
Camina por la habitación tratando de encontrar una explicación. Una que no la lastime. Finalmente, la halla: Quizá sí está trabajando y no quiere ser molestado. En cuanto escuchara la voz de su esposa dejando un mensaje, levantaría el auricular. Así que se le ocurre una idea: lo sorprenderá yendo a su casa. No corría el riesgo de enfrentarse a Alicia. ¿Y Lidia? No era asunto suyo. De todas maneras, por si acaso,  debía encontrar una excusa para ir como secretaria, y no como amante. Busca rápidamente unos papeles sin importancia para fingir que debía entregárselos. Se viste sin demora y llama un taxi.
Al llegar a la casa de Néstor, mientras espera en el amplio porche, imagina que será él, en persona, quien la reciba, pues a esa hora habrá enviado a la sirvienta a dormir para trabajar tranquilo. Estará feliz de verla. Quizás al principio se resista un poco, por considerar imprudente su situación. Pero ella lo convencerá, como lo convencería de todo, de ahora en adelante: de seguir adelante con la composición, de apartarse de Miguel, de separarse de Alicia, de olvidar el encandilamiento de la estúpida pelirroja . . .
Lidia abre la puerta y le dice que el señor no está, que ha decidido trabajar en el estudio. Ella le pregunta si puede esperarlo, pero la mujer le explica que probablemente no regrese en toda la noche. Nélida queda tan asombrada que, cuando Lidia le pregunta si desea dejar algún mensaje, le contesta que no, sin darse cuenta de darle los papeles que llevaba en la mano para evitar sospechas. Sólo cuando está en la acera, esperando un taxi, repara en que los tiene y, con furia, los arroja al piso.
Cuando sube al taxi, está a punto de darle al conductor la dirección de su apartamento, pero cambia de idea. Le da la de los estudios. ¿Encontrarlo allí? Tenía que dejar de soñar. Seguramente que no. Ella sospechaba con quién estaba, pero, como se lo había dicho la mujer del parque, había que confirmarlo. Y para eso debía ir a la oficina.
El guardia le tenía mucho aprecio. Ella argumenta que había algo muy importante en su oficina horas antes. Sube, revisa todas las oficinas y el estudio. De Néstor, ni rastros. Luego se dirige a su archivo y busca el domicilio de Alejandra, pero nunca había estado empleada en ese piso, así que no estaba registrada. Tampoco en la computadora. Pensó unos segundos y tomó el teléfono de su escritorio, llamando a recepción. La atiende el mismo guardia y ella inventa otra historia: que se había confundido y no había olvidado eso en la recepción, sino que se lo había prestado a Alejandra Reyes y que lo necesitaba con urgencia, pero no sabía dónde vivía, para ir a pedírselo.
_Ya sabe usted lo distraídas que somos las mujeres . . . Hablamos y hablamos y así es como nos olvidamos de todo.
El guardia duda un instante, pero finalmente le sugiere encontrarse con él en el séptimo piso, donde están los archivos de los empleados que trabajan en él.
Cumplido su objetivo, ya en el hall de entradas, cuando el guardia se dispone a volver a su lugar, ella le agradece. Ya en la puerta, con un destello en el corazón, voltea y le pregunta:
_El señor Néstor . . . ¿A qué hora se fue?
_ Esta tarde, antes que usted, ¿recuerda?
_Sí, claro, pero . . . ¿No regresó después?
_No. Al menos yo no lo vi. ¿Y ustedes? _ interroga a los otros dos guardias que están en los monitores.
_Ellos dicen que no.
Nélida sale apresurada a llamar un coche, apretando el papel donde apuntó el domicilio adonde se dirigirá.
Quince minutos después, está en la puerta de la casa de Alejandra Reyes. No necesita descender del taxi. Puede reconocer perfectamente el automóvil de Néstor estacionado allí.  

lunes, 9 de noviembre de 2015

¡Hola, aquí estoy! Por fin un poquito más frecuente. Espero poder seguir así. Lo ideal sería una vez por semana ya fijada, así sabrían cuándo abrir  el  blog. Si puedo organizarme así, les aviso por este medio o por Face. De paso: 5, 4,3,2, 1 ...¡cero! ¡Sí! ¡Faltan sólo cinco días! Entramos en la cuenta regresiva para la presentación de "Historias de paz" en La Plata, en el Salón Mora, en la calle , que queda en 48 nº 754 (10 y diag. 74) a las 19 hs. Mmmm ... Algunos nervios pero mucha alegría, no sólo por la obra sino por ver caras queridas.
Bueno, ahora sí seguimos con la novela: ¡Dios quiera que no se cansen de esperarme y que pueda subir los capítulos antes!


Capítulo XII

Al día siguiente, después de una mañana de trabajo, en un restorán cerca del estudio, almuerzan Nélida, Néstor, Walter y Jorge Díaz, el compositor que trabaja con las letras de Néstor.
_¡Qué bueno es que podamos salir a almorzar! Ya estaba harta de comer en la oficina.
_Lo que sucede _ contesta Walter mirando a Nélida _ es que Miguel no puede salir porque lo asedian las admiradoras, y me quedo para acompañarlo. Pero ustedes pueden salir cuando gusten.
_Yo acostumbro ir a casa. Vivo cerca y, además, me gusta pasar tiempo con los niños _ contesta Jorge.
_Entonces _ dice Walter, dirigiendo una mirada intencionada a Nélida y a Néstor _ quedan ustedes dos . . .
Néstor se apresura a contestar:
_Cuando Alicia sale de compras suele pasar por mí al estudio y almorzamos juntos.
Un mesero que conoce a Walter, se acerca a él y habla un segundo. Walter pide permiso y va hacia el teléfono.
Jorge comienza a hablar sobre la música que compusieron esa mañana.
_¿Te gustó lo  que se me ocurrió para el último tema?
_Sí, sí, por supuesto _ contesta Néstor.
_¿Ya estás trabajando en las nuevas letras? En cuanto estén, podremos empezar con la música.
_Precisamente estoy ocupando las noches en eso. 
La voz de Néstor no puede ocultar el nerviosismo. Busca desesperadamente con la mirada a Walter, para evitar la conversación.
_Tengo que irme _ dice Walter, apresurado _ Los dueños de la compañía de grabación vendrán a revisar unos contratos. Ustedes pueden quedarse, si quieren.
Cuando Jorge saca su billetera, Walter le toca el hombro:
_Ya me encargué de la cuenta, pero . . . ¿por qué no toman un café?
_Yo mejor me retiro. Tengo que ocuparme de unos encargues de mi esposa en el centro _ dice Jorge, parándose.
Palmeándole la espalda, Walter bromea:
_¡Esposo y padre abnegado! ¿Eh? Eres uno de los pocos hombres casados que a veces me causan envidia. Eres un ejemplo para nosotros. _ y agrega, con una sonrisa sarcástica dirigida a Néstor _ ¿No te parece, amigo?
_Por supuesto, por supuesto . . . _ contesta él, sin acusar el golpe.
_Bien, nos vemos luego _ dice Walter _ ¡Ah! Por cierto . . . Si Alicia pasa por la oficina, ¿le digo que se reúna aquí contigo?
Néstor, entendiendo lo que Walter dice entre líneas, se defiende:
_Esta semana estará en casa de su madre. Necesitaba un cambio de aire, y yo aprovecho la soledad para concentrarme en el trabajo.
_Claro . . . En el trabajo . . . _ dice Walter, mirando de soslayo a Nélida.
Jorge y Walter se despiden, quedando Néstor y Nélida.
_¿Es cierto que Alicia viajó? ¿Por qué no me lo habías dicho?
_La convencí apenas anoche y partió esta mañana en el coche. Además, después de tu actitud en el parque, no quería hablarte. Creí que estarías molesta. Por eso te evité toda la mañana.
_Está bien. Estaba disgustada. Pero bien sabes que no puedo enojarme contigo por mucho tiempo . . . no puedo . . . De ser así, debería haberte dejado en cuanto me di cuenta de que no abandonarías a tu esposa.
Néstor le toma la mano y ella lo mira a los ojos por un minuto, pero luego reacciona y la retira. Él la tranquiliza:
_¡No te preocupes! ¡Alicia está a kilómetros de aquí!
_Ella sí. Pero mucha gente de la oficina frecuenta este lugar. _ le contesta, mirando a su alrededor.
_ Apenas ayer dijiste que eso no te importaba.
_ Estábamos más lejos. Además, una cosa es que nos vean hablando en un parque,
y otra que nos observen en una actitud romántica.
Néstor también se aparta y echa una mirada hacia las otras mesas. Hace señas al mesero para que traga un café. Pregunta a Nélida y ella acepta, así que corrige la orden para dos.
_Telefoneé a Argentina.
_¿Y? _ interroga él.
_Tiene problemas para viajar. En realidad, lo que argumenta tiene sentido: ya que le solicitamos que mantuviera el secreto, no puede dejar su trabajo ni sus conocidos sin una explicación razonable.
_¿No puede decir que está muy cansada y, simplemente, tomarse unos días?
_ Tiene novio. Sería difícil explicarle que viajará sola.
_¿Inventar que viene a visitar familiares que no conocía?
_Su familia no lo creería.
_¿Un congreso, o un curso prometedor para su carrera? Luego podríamos falsificar un certificado de asistencia.
_Si  el curso fuera tan ventajoso, alguna compañera de trabajo se ofrecería a acompañarla, y, recuerda: no debemos tratar con nadie más que con ella. Además, aunque te parezca increíble, hay personas a las que no les agrada mentir, Néstor. Le llaman . . .ética. ¿La tuviste alguna vez?
       Néstor se arma contra el sarcasmo:
_ Claro que sí. Pero me ocurrió lo mismo que a ti: me deshice de ella en cuanto noté que me impedía avanzar en mis ambiciones. Igual procedí con la conciencia: una voz molesta que te reprocha cada vez que intentas darte gusto.
_¡Ja! Parece que estás de mejor humor hoy. ¿Ya no te parecen tontas mis ideas?
_No discutamos otra vez. No me parecieron tontas tus ideas. Es sólo que . . . estaba asustado.
_Y ahora . . . ¿Ya no es así?
_Ahora estoy presionado por Miguel y por Jorge, así que estoy dispuesto a seguir con esto.
_Bien, porque tuve otra idea. La joven me llamó más tarde, para hablar con libertad. En los minutos de espera planeé otra cosa: ¿Conociste a Alberto Hidalgo? Según me dijeron, trabajaba en publicidad para Miguel, antes de que yo llegara.
Néstor está molesto, pero disimula:
_Sí, lo conozco.
_¿Sabes dónde vive ahora?
Néstor miente:
_No, no tengo idea.
_¡En Argentina! ¿No te parece genial?
_¿Por qué?
_¡Tonto! ¿No te das cuenta? Él puede ser nuestra conexión: Lo llamamos, le explicamos el asunto, le ofrecemos dinero y él arregla las cosas con esa . . .Carolina.
_Pero es que . . . _ balbucea Walter, visiblemente disconforme _ Él ya no trabaja para Miguel.
_Mejor aún, no tendrá que rendirle cuentas.
_No, no. Tú no entiendes: él es argentino. Vivió varios años aquí. Luego hizo amistad con Walter, a él le gustó su trabajo y le aconsejó a Miguel que usara sus servicios.
_¿Es argentino?Mayor beneficio
: la compatriota le tendrá más confianza. Pero . . . ¿Por qué regresó? Por lo que sé, está en Buenos Aires.
_Miguel descubrió que estaba utilizando el dinero de sus campañas para cuestiones personales.
_¿Y lo despidió?
_No. _ Néstor duda _ Decidió irse.
_Esto se pone cada vez mejor. Si quedó resentido con Miguel, estará de nuestro lado.
_¿Y contribuirá a que Miguel tenga excelentes temas para su nueva grabación?
Nélida queda pensativa un momento, pero reacciona:
_Ofreciéndole dinero, todo quedará olvidado.
_Desgraciadamente, él no es así.
_ A fin de cuentas, todos ceden cuando la suma es importante.
_No creo. Además . . . _ Néstor duda antes de seguir hablando, pero como Nélida lo mira imperativamente,  continúa  _ Yo . . .
_¡Ya sé! ¡No me lo digas! ¡Tuviste algún problema de faldas con él !
Néstor traga saliva, revuelve el café que acaban de servirle y niega con la cabeza.
_No. No se trata de eso. Es que fui yo quien lo delató.
_¿Le dijiste a Miguel lo que hacía? ¿Por qué? ¿Qué te importaba a ti? ¡Como si no lo hubieras hecho tú varias veces!
_No se lo dije a Miguel. Se lo comenté a Walter. Como era su amigo, creí que lo arreglarían  sin mayores consecuencias. No sé cómo llegó a oídos de Miguel.
Nélida se enoja:
_Cuando las cosas empiezan a encontrar su curso, viene tu pasado a arruinarlas.
Guarda silencio un momento, e insiste:
_Quizás si hablo con él, diplomáticamente, sin mencionar tu nombre . . .
_¡No! ¡Aprovechará la oportunidad para arruinarme de alguna forma!
_Pero, Néstor . . .
Él cambia de actitud, no por convencimiento, sino para evitar una discusión.
_Escucha: tranquilicémonos. No es que no esté agradecido por lo que estás haciendo, pero tomaste la iniciativa en todo esto, así que . . . déjame pensarlo y déjame tomar en adelante las decisiones. No lo estoy descartando. Sólo . . . permíteme pensarlo un poco. ¿Está bien?
Nélida no entiende las dudas de Néstor. Sospecha que le está ocultando algo. Sin embargo, piensa que lo convencerá más rápidamente fingiendo afecto, que desautorizándolo.
_Bien. Y . . . ya que Alicia no está . . . podríamos seguir discutiéndolo en mi apartamento, esta noche.
_No puedo. Telefoneará muy tarde.
_Pues, deja el contestador. Mañana la llamas y le dices que trabajabas en el estudio.
_Nélida: sólo un poco más. Espera sólo un tiempo. Quiero que todo salga bien. Si telefonea y no me encuentra, se desvelará pensando y me lo reprochará durante tres días. O peor aún: regresará antes de lo previsto.
_Bien. Pero prométeme que pensarás lo de Hidalgo.
_Prometido.
_Y ahora _ dice Nélida _ será mejor que salgamos separados.
_Tienes razón _ contesta Néstor, terminando de un sorbo su café. _ Saldré ahora.
Observa que nadie los mire y la besa en la mejilla.
Nélida lo ve alejarse y continúa mirando por el ventanal del restorán, pensativa. En su mente vaga la sospecha, seguida por el deseo de despejarla.








domingo, 25 de octubre de 2015

¡Perdón, perdón, perdón! A mis amigos, familia, y algún seguidor que no pertenezca a este grupo,( no sé cuántos de ellos habrán tenido la piedad de interesarse en mi obra). Varias veces los dejé abandonados, pero creo que esta vez fue el período máááá´s largo.
Dos motivos me alejaron de ustedes muy a mi pesar: problemitas de salud ( esa es la parte mala, o, para no ser negativa, llamémosla "menos placentera") y otro  bueno:  la ajetreada preparación de la presentación de "Historias de paz", en Buenos Aires. Pronto será en La Plata. En cuanto tenga fecha, la pongo en el blog.
Así que, los que están aún siguiendo los pasos de Carolina, Ricardo, Miguel y los otros personajes y me han tenido taaaanta paciencia (¿siguen ahí? ¡espero que sí!) pueden zambullirse los capítulos 10 y 11. Sí, como premio (o castigo, no sé) a la espera, esta vez van dos seguidos

Capítulo X


Dos días después, nuevamente en la Argentina. En la fina para entrar al cine, Carolina está con Marta, una amiga y compañera de trabajo. Es una hermosa tarde de primavera. Marta inspira profundamente, para disfrutar el aire fresco, y se vuelve hacia Carolina:
_¡Qué raro que te tomes un tiempo para vos, especialmente no siendo fin de semana! Cuando me telefoneaste no pensé que fuera para salir. Últimamente estuviste trabajando tanto . . .
_Por eso mismo. Una buena película, aire fresco, no pensar en nada que tenga que ver con el trabajo . . .
La fila comienza a moverse. Marta corre a comprar pochoclo y gaseosas y regresa, preguntando:
_Y . . . ¿cómo te va con las poesías?
_Bien. Bueno, realmente no estoy escribiendo muchas poesías nuevas. Estoy "reciclando" algunas que tenía y tratando de darles algún destino.
Una vez que están acomodadas en sus butacas, reanudan la conversación.
_Y . . . ¿cómo te va con eso?
_Las mandé a algunas editoriales, pero ninguna me contestó.
_¡No te desanimes! Tené paciencia que en algún momento se te va a dar
Carolina coloca manojos de maíz en su boca, pensando si es conveniente que siga hablando o no. Finalmente decide hacerlo sólo si Marta retoma el tema.
_¿No probaste alguna otra cosa? _ Pregunta Marta, como si leyera su mente.
_Bueno, sí . . . en realidad . . . _ comienza a responder Carolina, pero se interrumpe por el paso de varias personas en la misma fila y sigue dudando si continuar o no _ No quería contarlo por una cuestión de suerte . . . No sé . . . Me pareció que si se lo decía a alguien podía arruinarse. Pero, la verdad es que si no hablo con alguien voy a explotar.
Marta, que se ha puesto nerviosa, sorbe su gaseosa, traga, y se sienta en el borde de su butaca para no perderse de nada.
_¿Cómo? ¿Qué es lo que no pensabas contarme? ¡ Ah! No, no, no. No es justo. Yo te cuento todo. ¿Qué es lo que pensabas ocultarme?
_No es que pensara en ocultártelo. _Contesta Carolina, suavizando la voz para que Marta comprenda _ Es que . . . no estoy segura de cómo van a seguir las cosas. Ni siquiera a Ricardo se lo conté. Además, me pidieron discreción.
_¿Qué es lo que no contaste? ¿Quiénes te pidieron discreción? _ Pregunta Marta, intrigada.
Carolina suspira y, finalmente, habla.
_Mandé algunas poesías a estudios de grabación y a cantantes conocidos. Traté de seleccionar a los que tienen cierto estilo, parecido a mi forma de escribir.
_¿Y . . .? ¿Y . . .?
_Uno de ellos me contestó.
_¿Un estudio o un cantante?
_Un cantante. Pero no te voy a decir quién hasta que todo esté arreglado.
Marta, contenta por su amiga, casi salta de su butaca
_Pero . . .¿Cómo fue? ¿Te llamaron? ¿Te mandaron una un mail?
_Fue un poco extraño. Me llamó por teléfono la secretaria, diciéndome que habían recibido mi material y que les había gustado mucho. Tanto, que querían saber si tenía más del mismo tipo. Le dije que sí, pero que no sabía si les iban a interesar como lo anterior. Me contestó que no me preocupara, que me llamarían pronto para ciertos arreglos.
_¡Qué bien! Pero . . .¿qué es lo que te parece raro?
_Lo que te dije recién. Me pidió absoluta reserva, que más adelante me explicarían por qué.
_Bueno . . . Ellos sabrán . . . Lo importante es que no sólo lo leyeron, sino que les gustó y te piden más. Aunque no sé de quiénes estoy hablando . . . _ dice Marta, con la intención de que Carolina le dé más detalles.
_Marta . . . ya te veo venir _ le dice su amiga, sonriendo _ No puedo decirte de quién se trata. Pero para que te sientas mejor voy a contarte algo más. En caso de que todo continúe bien, voy a tener que viajar.
_¿Viajar? ¡Ah! Eso quiere decir que no es argentino.
    _ Eso no quiere decir que no sea argentino. _ dice Carolina, riendo ante la perspicacia de su amiga _Podría tener que viajar a otra provincia, no necesariamente al exterior.
   _ Mmm . . . _ musita Marta, al tiempo que en la pantalla empiezan a aparecer los comerciales y las luces bajan un poco _ No me lo dijiste, pero no sé por qué lo sentí así. Y yo siempre creo en mi intuición.
   Carolina ríe de nuevo, en parte por las palabras de su interlocutora, y en parte porque se siente aliviada de haber podido compartir sus expectativas con alguien.
_¿Cuándo sucedió esto? _ interroga Marta.
_Ayer.
_¿Y cuándo te van a volver a llamar?
_Estaba tan nerviosa que no pregunté. Será una semana, un mes . . . o un año.
_¡No seas exagerada! Si te llamaron tan pronto como recibieron los poemas, deben de estar muy entusiasmados y no querrán esperar mucho.
-¿Te parece? _Pregunta Carolina, entre entusiasmada y dudosa.
_¡Seguro! _ Afirma su amiga, tratando de inspirarle confianza _ Si no tuvieran apura, no te hubieran dicho todo tan de repente: primero te habrían anunciado que recibieron tu carta, más adelante te habrían telefoneado para comentarte que les parecía buen material, y, más tarde, te hubieran hablado de su intención de usarlas y de encargarte más. Pero así, todo junto . . . a mí me parece . . .
_¿Estás pidiendo datos a tu intuición?
_No. A mi sentido común. Yo diría que . . . la semana que viene vas a tener noticias.
_No creo, me parece muy pronto.
_Bueno . . . esperemos y vamos a ver quién tiene razón. ¿Apostamos otra invitación al cine?
_Eh . . . No. Mejor no apuesto. Cuando estás tan segura, me das miedo.
_Bueno: entonces, en una semana salimos a celebrar las buenas noticias. Pero . . .                   no . . . claro . . . _ Marta empieza a dudar _ Seguramente vas a querer celebrar con Ricardo.
_No te preocupes: nunca me va a faltar tiempo para una amiga como vos.
_Gracias, Caro. _ Marta se detiene un momento a pensar y continúa _Me parece que hay algo en lo que no pensaste.
Carolina la mira, en la penumbra, interrogándola con la mirada.
_Ri-car-do, Carolina. Ricardo. ¿No te parece que deberías ir adelantándole algo? ¿O vas a esperar a estar con las valijas preparadas para . . . bueno . . . donde sea?
_Ya lo consideré, pero no voy a contarle nada, por lo menos hasta la próxima llamada, cuando todo sea más claro y más seguro.
Las luces desaparecen por completo. Durante la charla, han pasado los comerciales y los avances de las películas a estrenar. Ya comienzan la música y las imágenes del filme.
Marta no se da por vencida. En la oscuridad se oye un susurro.
_¡Dále! ¡Dáme una pista! ¿Es extranjero?
_No te voy a decir, Marta.
_Sí, sí. Seguro que es extranjero. Y . . .¿el estilo? ¿Melódica, romántica, bolero?
_No te voy a dar más pistas, Marta.
_Bueno: yo voy a tirar nombres, y si acierto, vos me avisás.
_¡No! ¡No puedo! Además, ya empezó la película. Alguien se va a poner molesto y nos va a hacer callar.
Haciendo caso omiso de lo que le advierte su amiga y llevada por su ansiedad, Marta nombra cantantes. Carolina contesta con monótonos "nos", hasta que, como lo había anticipado, alguien, desde algún lugar del cine, las hace callar.


Capítulo XI


Tres días después, Carolina y Ricardo descansan en el sofá:  Él mira una película de ciencia- ficción mientras ella, con la cabeza apoyada en las piernas de él y los pies en el brazo del sofá, escribe, escribe, mirando de vez en cuando, la pantalla del televisor. Nunca podrá entender el gusto de él por las películas donde abundan los seres deformes, ni por aquellas en que uno pierde la cuenta de las persecuciones y los autos rotos.
   _¿Qué escribís? _ pregunta Ricardo, al tiempo que exprime la última papa frita de la bolsa _ ¿Algo para seguir mandando?
_Sí. Para seguir mandando.
Él espía por encima del hombro, tratando de leer, pero ella dobla rápidamente el papel.
_¡No!
_¿Cómo? ¿No soy siempre tu primer crítico? _interroga él, haciendo los "pucheros" que suelen hacer los chicos cuando no les dan el gusto a sus antojos.
_No hasta que termine, y éste está a medio hacer.
_¿Es sobre mí? _ le dice, cambiando la cara de niño mimado por la expresión de orgullo.
_Todas las poesías de amor tienen algo que ver con vos _ y antes de que él aspire a regodearse en su vanidad, agrega: _ Pero ésta no.
_¿No? _ exhala él, desilusionado.
_No. Porque se trata de un amor perdido y vos estás conmigo. A menos que estés pensando  en dejarme . . .
_¡Ni loco! _ exclama él, y la abraza, sonriendo. El teléfono los interrumpe. Carolina va hacia él, en la cocina, mientras Ricardo se acomoda como al principio. La película está por terminar, así que pone mucha atención a los diálogos.
Carolina descuelga el auricular y su rostro cambia cuando reconoce la voz que le llega del otro lado, desde Méjico.
_¡Señorita Nélida! . . . Bueno, está bien, la voy a llamar Nélida, a secas, pero me parece extraño, como hemos hablado tan poco . . . ¿Qué ya nos vamos a . . .? Pero . . . mire . . . es que . . .no veo la manera, porque yo trabajo. Recién en dos meses tendré mis vacaciones . . .
Carolina escucha atentamente, pero no puede dejar de preocuparse por la presencia de su novio. Le echa una mirada. La película ya ha finalizado y comenzaron "Los tres chiflados". A él le encantan ( otra cosa que Carolina no entiende: cabezazos, resbalones, corridas y guerras de comida un episodio tras otro, con leves cambios de argumento y de personajes, han conseguido que se les rinda culto durante varias generaciones), así que no hay peligro de que se distraiga con la conversación telefónica. Sin embargo, el  departamento es muy pequeño, razón  por la cual toma la precaución de darle la espalda  y ahuecar la mano sobre la boca para apagar el sonido de su voz.
_Sí, podría tomarme unos días, pero usted me pidió estricta reserva . . .¿Cómo explicaría mi viaje a mi familia . . . a mis amigos . . .? _ contesta a los requerimientos del otro lado.
Ricardo lanza una sonora risotada, como es su costumbre (su alegría acepta muchos calificativos, pero "discreta", no es uno de ellos, sin lugar a dudas), tan ensimismado está en las morisquetas de sus favoritos.
_No, no, por supuesto que no se lo dije a nadie, pero . . .
_Nélida, por las respuestas entrecortadas que recibe, sospecha cuál es el problema de Carolina.
_Sí . . . estoy con alguien . . . ¿Más tarde? . . . Claro, va a ser lo mejor . . .
Carolina escribe un número en el anotador que tiene a mano.
_Sí, sí. Lo tengo . . . Bien . . . Creo que en media hora podré llamarla . . . Hasta luego, gracias.
Carolina cuelga el teléfono y camina hacia el sofá. Su mente teje y desteje inventos para responder a la pregunta que sabe que surgirá:
_¿Quién era?
_No, nada . . . Bueno . . . es sobre algunas de las poesías que mandé . . . Vamos a ver. No es nada seguro todavía . . .
_¿Qué? ¿Vas a publicar? _ dijo Ricardo, entusiasmado.
_No, no. Es otro tipo de proyecto. No te lo voy a contar ahora porque tengo miedo de que todo se arruine. Ya hablamos sobre los proyectos y la mala suerte y los dos opinamos lo mismo, ¿no?
Ricardo y Carolina tienen una cábala, a cerca de las aspiraciones que quieren concretar: hasta que las cosas no están totalmente encaminadas, no comentan nada con nadie. La experiencia les demostró (a pesar de que no son supersticiosos) que cuando empezaban a hablar de sus sueños como si ya se hubiesen concretado, aparecía algún inconveniente fuera de su alcance que abortaba la concreción. Carolina sabe que su novio respetará esa decisión, pues él también es reservado en tales cuestiones.
_Está bien, no pregunto _ contesta él, sonriendo y haciendo un gesto con la mano, indicando que da la cuestión por terminada y que escuchará cuando ella esté dispuesta a contar todo.
De repente, mira el reloj y salta del sillón.
_¡Uy! ¡Mirá la hora que es! En veinte minutos tengo guardia, y todavía me falta pasar  por casa a buscar unas cosas _ contesta Ricardo, al tiempo que manotea afanosamente en su bolsillo las llaves de su coche.
Carolina toma el control remoto, apaga el televisor, y, cuando lo apoya en la mesita junto al sofá, se produce el hallazgo.
_¡Acá están! _ le dice a Ricardo, poniéndole las llaves en la mano.
_¡Gracias!
_¿Cómo, "gracias"? ¿Nada más? _ pregunta  ella, poniendo cara de nenita decepcionada.
Ricardo sonríe, la toma de la cintura y le da un beso. Teniéndola aún abrazada la alza en el aire, la lleva hacia la salida y la besa nuevamente.
_Tengo que irme. No sabés cuánto me gustaría quedarme, corazón, pero . . .
_No te preocupes. ¿Me llamás  mañana? Después de la una estoy de regreso en casa.
_Claro. Y pasado mañana vengo.
Antes de cerrar la puerta, le toca la nariz con el dedo índice y se sonríen.
Carolina va hacia la ventana. Sabe que él, antes de subir al auto, dirigirá una última mirada y no quiere perdérsela. Segundos después, agita la mano, saludándolo. Luego se apoya en el marco de la ventana y juega con el borde de las cortinas, mirando hacia la cocina.
Se dirige a la heladera, extrae una botella de agua mineral y se sirve un vaso. Se sienta en una silla, mirando fijamente el teléfono. Arranca la hojita del anotador, la observa y descuelga el auricular, pero vuelve a colgar. Camina alrededor de la mesa y cavila. Finalmente, otra vez sentada, pero esta vez con las rodillas a la altura del mentón y los pies en la silla, casi se puede ver la velocidad a la que giran sus pensamientos. Toma el auricular y comienza a marcar el número. 



domingo, 6 de septiembre de 2015

Capítulo IX


Seis de la tarde del día siguiente. En el estudio, se encuentran trabajando Néstor y los músicos, mientras, aparte, Walter y Miguel conversan.
 _De verdad, me parece increíble que Néstor haya trabajado toda la noche _ dice Walter.
 _¡Y con tan buenos resultados! _  Contesta Miguel _ Pero . . . ¿qué sospechas?
_No, no . . . en realidad no sospecho, es sólo que me extraña. Además, el estilo es tan diferente . . .
_En realidad, cuando llegó esta mañana con su trabajo, también me sorprendió que hubiera escrito en una noche lo que no había hecho en seis meses, pero cuando telefoneé a Alicia me comentó que anoche, después de cenar, Néstor había venido aquí a trabajar, y que había regresado muy cansado, de madrugada.
_¿Aquí? Pero, ¿para qué vino aquí, si sólo escribió las letras? Bien podría haberlo hecho en su casa.
_Bueno, quizás no era lo que tenía en mente. Quizá sí pensaba componer la música a la vez, pero luego sólo pudo hacer las letras. Y para tres temas, que es bastante.
Observando que Walter continúa dudando, le dice.
_O tal vez, después de todo, no es tan insensible como pensamos y quiso cumplir con sus obligaciones.
Walter no contesta. Está pensando en la conversación que mantuvo con Néstor el día anterior. Al ver a los músicos agotados y a Néstor sirviéndose la décima taza de café, propone dar por terminada la jornada y continuar temprano, al día siguiente.
 Cuando salen, Nélida observa atentamente los rostros para adivinar la situación. Cuando ve las caras, al parecer cansadas pero satisfechas, sospecha que todo ha funcionado bien.
Al pasar, la saludan. Miguel le dice que puede irse. Sus ojos buscan un rostro que no encuentra. Segundos después, cuando todos se han retirado, aparece Néstor, que ha quedado retrasado, a propósito, para poder hablar con ella.
_¿Y? ¿Qué tal resultó todo? _ Pregunta ella, ansiosa.
_Bien, muy bien. Les parecieron muy buenas.
_Pero . . . entonces . . . ¿por qué no pareces contento?
_Sí, por supuesto que estoy feliz.
_¿Es por lo de la chica que estás preocupado? La llamaré y arreglaremos todo discretamente. Yo me ocuparé de todo. Tú concéntrate en terminar el trabajo.
_No. No es eso. Pero no quiero seguir aquí. Estoy cansado y hace mucho calor.
_Ven a mi apartamento, igual que anoche.
_No. Ahora que todo está saliendo bien, no quiero arruinarlo con las sospechas de Alicia.
_Sospechas que ya tiene . . .
_Pero que no ha podido confirmar. Y quiero que siga así.
_Entonces salgamos ahora mismo. Vayamos al pequeño parque que está a dos cuadras. Todos los conocidos ya han salido de estas oficinas . . .
_Pero es muy cerca. ¿Y si alguien nos ve?
_¿Dónde han ido Miguel y Walter?
_Según dijeron, directo a sus casas.
_Entonces, no hay problema. Aunque nos conozcan, ¿a quiénes más les puede importar?
_Está bien, pero salgamos por separado.
_De acuerdo _ contesta Nélida, mientras comienza a ordenar y guardar las cosas de su escritorio _ Saldré yo primero, pues no tengo carro, y me tomará más tiempo llegar.
_Bien, pero yo también iré caminando. Dejaré el auto en el estacionamiento y vendré a buscarlo luego, así pensarán que sigo en la oficina.
_Bien pensado _ contesta Nélida, cuando toma su bolso y se dirige al ascensor.
_En cinco minutos saldré.

Minutos después, Nélida y Néstor hablan en la plaza, sentados en un banco. Está atardeciendo.
Ella piensa que el atardecer y el aire fresco podrían ser muy románticos, pero la clandestinidad del encuentro y la urgencia del tema, no le dan tiempo para sugerencias.
_Les gustaron mucho, sí; pero ése es el problema.
_¿Cómo el problema? Ayer a estas horas estabas desesperado, presionado por Walter y por Miguel, y sin ninguna idea . . . ¿Después de todo lo que ideé para ti, me dices eso?
_No, no. Me fuiste de mucha ayuda. La cuestión es que ahora quieren el resto de los temas . . . y con el mismo estilo.
_Mientras tanto: ¿cómo van éstos?
_En cuanto a la música, no estoy haciendo mucho. En realidad estoy aceptando las ideas de Jorge y dándoles forma. Todo funciona bien. Se conforma con poco: le gusta que la preste tanta atención y que lo elogie constantemente con un: "¡Cómo no se me había ocurrido!" o: "¿Por qué no te pregunté sobre tus ideas en todo este tiempo? No me dejaste saber que eras tan creativo. Te lo tenías bien guardado, ¿eh?
_Entonces tienes tiempo suficiente.
_Suficiente . . . ¿para qué?
Nélida está pensativa, con la mirada en el sol rojo que se está ocultando. Se para, arranca una flor del árbol más cercano y juega con ella. Néstor la mira, hasta que ella dice:
_Es sólo cuestión de ampliar nuestro plan. No es necesario reformarlo demasiado.
_¿Cómo?
_¿Recuerdas que pensábamos hablar con esa chica argentina para negociar? Bueno, la cuestión sería, no sólo comprarle las letras que envió, sino encargarle otras. Quizás hasta ya las tenga. Según decía, las que mandó eran una prueba.
_Mmm . . . No será tan sencillo . . . Tendríamos que ofrecerle una suma considerable.
_¡Que luego recuperarías con creces! No sólo por el dinero que te correspondería por tu trabajo, sino porque recuperarías la confianza de Miguel y hasta tu esposa te daría un descanso de sus reproches.
_No sé . . .
De repente, Nélida se acerca al banco a recoger bruscamente su bolso, y, evitando una crisis de llanto, con la voz entrecortada, le dice:
_¿Sabes qué? Ya estoy empezando a cansarme de tu actitud: soporto que no abandones a tu esposa por mí, soporto que debamos vernos siempre a escondidas y que en el trabajo deba cuidarme de no mirarte demasiado. Pero esto es . . . imposible de tolerar: estoy resolviendo todos tus problemas, escucho tus lamentaciones y te doy ánimos, sin esperar nada a cambio. Al contrario: ¿No te das cuenta de que tu fracaso sería más conveniente para mí que tu éxito? ¿Que así no dependerías más de Miguel, y no tendrías necesidad de seguir con tu esposa? Nada gano yo con tu éxito, y nada te pido. Si lo hago es sólo por ti . . . ¡Por ti! Por no verte angustiado.
Al terminar su parlamento, Nélida, enjugándose unas lágrimas, da media vuelta y emprende el vistoso camino de piedrecillas que va hacia la calle. Néstor, al principio, no reacciona; piensa que ella dará unos pasos y se arrepentirá, que volverá la cabeza y lo mirará, esperándolo. Sin embargo, ella va decidida, dando pasos largos, con la cabeza baja. Al observar esto, Néstor reacciona y corre hasta alcanzarla, hasta llegar a la avenida y la toma de un brazo, tratando de que lo mire a la cara.
_¡Vamos! ¡No es para tanto! _ Dice, mientras ella sigue con la vista baja _ Perdóname. Es que en estos últimos días he estado muy nervioso. Han pasado muchas cosas . . .
__Será mejor que no hablemos más por hoy. Debes regresar a tu casa _ dice ella, sintiendo las manos de él sobre los hombros _ Además, no estoy en condiciones de seguir hablando con tranquilidad ahora. Tenías razón: pueden vernos. Reflexiona en tu casa. Una vez que descanses, tendrás más claro lo que debes hacer. Y a mí, un baño y unas horas de televisión me servirán para calmarme.
Ella va a cruzar la calle, pero él, en actitud conciliadora, oprime sus hombros con más fuerza, pero ella se desprende.
_No. No hablemos más de esto hasta mañana.

Tan ensimismados han estado en su conversación, que no han observado el coche que pasó lentamente, para verificar que eran ellos. El hombre que conduce ha alcanzado a ver los pasos rápidos de Nélida, la persecución de Néstor y los últimos gestos, antes de que se separaran. El conductor que los reconoce es Walter. Es que, contrariamente a lo que Néstor pensaba, no fue directamente a su departamento, pues al salir del edificio se encontró con un viejo amigo y fueron al café más cercano. Después de la charla, había subido a su coche y, al pasar por el parque, había disminuido la velocidad al ver los rostros conocidos.
En efecto, eran ellos. No se había equivocado. Para que no lo vieran, aumentó la velocidad en cuanto Nélida cruzó la calle, mientras Néstor se quedaba con las manos en los bolsillos, algo aturdido, en la vereda del parque. Mientras va hacia su casa, las sospechas que habían revoloteado en su mente y que Miguel había minimizado, volvieron a intranquilizarlo.
No esperó a llegar a su casa. Mientras esperaba el cambio de semáforo, toma el celular y marca el número  de seguridad del edificio de sus oficinas.
_¿Diga? _ Atienden del otro lado.
_¿Antonio? _ Pregunta Walter, reconociendo la voz _ Soy Walter Fernández. Necesito su colaboración. Dígame: ¿Estuvo usted en la mesa de entradas de guardia anoche?
Como la respuesta del otro lado es afirmativa, pregunta:
_¿En qué horario? _ Escucha, y  repite, para ratificar _ ¿De las diez de la noche a las seis de la mañana? Así que . . . estaba usted cuando fue a trabajar anoche, muy tarde, al estudio, hasta la madrugada, el señor Néstor Pérez Albana.
El empleado, muy sorprendido, contesta:
_No, señor. Las oficinas permanecieron vacías hasta esta mañana.
_¿Está seguro?
_Aguarde unos segundos, por favor _ al rato, el guardia regresa al auricular _Sí, señor, seguro. Ninguno de los otros guardias vio entrar ni salir a nadie anoche, excepto al personal de limpieza.
Las bocinas de los otros autos sacan a Walter de su distracción, así que se despide del guardia y continúa conduciendo, pensando en la escena del parque y en la mentira de Néstor.